Llegué a Venezuela un día de fiesta nacional, 5 de Julio. Me recibieron Karla y Paco, los yoguis. La idea básica de adelantar el viaje tan bruscamente era pasar el cumpleaños rodeado de amigos, confianza y cariño; así como también, iniciar algún proyecto que pudiese darme fondos para continuar el viaje. Funciono perfectamente mal, equivocadamente bien, o algo así. Conocí gente interesante; a algunos ya los conocía por Facebook y al verlos a los ojos, en persona, terminaron de comprobar lo que ya se sabía vía internet, a otros tantos los vi por primera vez acá, algunos decían ya conocerme otros se llevaban la misma sorpresa que yo. Mi cumpleaños lo pasé bastante lindo, con Karla, Paco y gente recién conocida. Al día siguiente me tatué, la historia del tatuaje la dejaré para cuando vean el totem de Octavio, el tatuador, el cual aún no tomo pero estoy esperando el momento para hacerlo. Conocí a Ana (mexicana, por cierto) y demás gente interesante leyendo su tonal. Conocí a maestros de yoga, de tai-chi, gente loca, gente amable, gente falsa, de TODO. Como en cualquier lugar, conocí de todo. Compartí un par de semanas en casa de la familia de Paco, quienes me brindaron techo, comida, historias, risas y sobre todo, mucha experiencia… Al buscar otro lugar donde alojarme, fue curioso donde fui a caer. Marcela, es una chica que conocí en una fiesta, junto con otras personas interesantes como Lirio y Oriol. Me ofreció su casa para dormir, la cual por cierto ya conocía, pues ahí había festejado mi cumpleaños. Tanto ella como su madre, Decia y una golden hermosa, llamada Panchita… Pfff, no pudieron ser mejores anfitrionas, no podría escribir cuantas risas compartimos, comida deliciosa, recetas bien aprendidas, días en la playa, cosas de shamaniños- jajaja- con Marcela, etc… Es demasiado para contar, y cada una de las personas con las que compartí mi tiempo en Caracas tiene un fuerte valor en mi vida y corazón, pero adentrarme en detalles convertiría esto en un libro gigantesco de recuerdos, y después no tendré que contarles frente a un par de cervezas! Tengo tantas historias de montañas y cascadas, de tráfico y coincidencias, de músicos brujos…
Pasé 3 semanas en Caracas antes de dar el salto… Santa Elena de Uairén, la ciudad más próxima a los cerros mágicos llamados Tepuy, y a la frontera con Brasil. Me fui con 600 bolívares y el súper lunch para el viaje de 24 horas que mi madre adoptiva, la madre de Marcela, preparó para mí. En couchsurfing se rieron de mí, dijeron que si lograba hacer el viaje a la cima del Roraima con ese dinero, debería regresar a trabajar en el gobierno venezolano para ayudarles a administrar el dinero, jajaja. Pues se puede, y la verdad es que no hace falta gran cosa… Sólo esfuerzo y alegría.

La tierra más vieja.
Tomé un bus el Miércoles 27 a las 15:30… Unas 24 horas después bajé en Sta. Elena. Había conocido a una chica en los úlitmos 15 mins en el autobús, y ofreció compartir el taxi para dejarme en un lugar donde podrían informarme acerca de los planes que comenté con ella: subir el Roraima… Pregunté en esa tienda, me mandaron a otra, y luego a otra. “Mystic Tours” es para ti, me dijo la chica de “Aponwao Tours”, así que fui.
Así fue como conocí a Roberto Marrero, y aún cuando pareciese increíble, algo dentro de mí me había asegurado que todo iba a salir tal cual salió… Subí al Roraima sin pagar más que mi comida, sólo le entregaría las fotos del viaje y regalarle a Roberto 8 piezas de ámbar chiapaneco, que habían llegado a mí de mano de Wolf -¡Hey manito, ya sabemos para qué eran!- “Salimos el Sábado, pero pasaran por ti en Paraitepuy, una comunidad a 25 km de San Francisco y no hay autos, lo más probable es que tengas que caminar, asi que sal mañana temprano hacia allá” dijo. Así que aproveché el tiempo para buscar donde dormir sin tener que pagar, pues no tenía dinero. A menos de 25 metros había una pizzería, pregunté si me podrían dar chance de dormir en el jardín y… Sussie, una señora hermosísima con unos ojos que me lamento no haber fotografiado se rió y llamó por teléfono a su esposo. Andrés, el hombre en cuestión, tenía un taller de carpintería a la vuelta de la esquina, y tras un par de preguntas y miradas, sonrió y me dijo “Aquí puedes descansar”. Monté la carpa, tejí y me dormí. En la noche… Perseguí la luna en cuatro patas, le aullé y me convertí en nube. Luego volví, y desperté.

El viaje estaba programado para 6 días, en mi caso, cuento un día más, el día en que salí de Santa Elena para irme a San Francisco y empezar la caminata de los 25 km con 18 kilos de equipaje encima. Huaraches chamulas, listos. Tras desayunar unas arepitas con carne y pollo, me conecté un rato y leí un mensaje de Marcela: ”No comas arepas de carne, allá es de perro” Jajajaja, lo comentó por que la carcajada que solté en el “cyber-café” hizo que todos me voltearan a ver. Llegué a San Francisco al medio día, y justo cuando me había decidido a empezar a caminar hacia Paraitepuy, comenzó a llover. Esperé 10 minutos bajo una choza, y cuando el sol salió de nuevo, comencé. Eran casi la 1… En el camino, un chubasco me tomó por sorpresa, al ponerme encima el impermeable -aqué que apareció mágicamente en Costa Rica- y seguir caminando, perdí uno de los caracoles que llevaba en las orejas. A las 5:30 pm, una camioneta paró frente a mí, y aunque de mala gana por decirle que no cargaba dinero, se ofreció a llevarme a la comunidad. Habían pasado unas 4 o 5 camionetas/jeep, sólo se paró una -a petición de una chica rubia que iba en el asiento del copiloto- cuando les hice señas con mi botella de agua vacía, la chica me rellenó la botella, sonrió, me deseó suerte y siguieron su camino como turistas. Eso fue a las 3:30 o algo así. El viaje en la batea no duró ni 10 minutos, al parecer ya estaba muy cerca de la comunidad, pero fue un viaje bastante ajetreado, ya que el conductor no tenía miramientos en tomar las curvas a alta velocidad y rebotar en más de un par de hoyos, juro que lo vi reírse cuando azoté contra un costado de la batea… Llegamos.
Me bajé de la camioneta y al acercarme a dar las gracias, el señor me preguntó por mi lugar de origen, le dije que era mexicano y el contestó: “Y todos los mexicanos se perforan las orejas así o sólo los maricos como tú, por que si te perforas las orejas así, te perforas el c*lo, ¡mexicano marico!”… Me ataqué de risa y le dije que no, que no todos, jajaja, di las gracias y me di la vuelta, la estación de INPARQUE, estaba a unos 50 metros de la camioneta, la cual aceleró a fondo y se fue. Menos de 10 minutos después, la carpa estaba hecha y yo tendido dentro de ella. Una mariposa se poso en el techo y me quedé dormido observando su sombra. Ya de madrugada, volé en su lomo, despacito. Sus alas producían un ruido tan fuerte que me hacía sentir pequeño, pero feliz. Deben ser los polvo que hay en su cuerpo, me dije soñando. Debe ser eso… Me metí en una crisálida a morir, y desperté.
José y el grupo, llegaron a eso del medio día. Lo saludé, a él lo había conocido gracias a Roberto quien me lo presentó el día anterior antes de salir de Santa Elena. Una chica indígena, de la cual por cierto quedé encantado por cierta curiosidad, pues a pesar de solo tener 16 años y mantener esa risa sensible, sincera e inocente de una niña, emabana una fuerza que me daba mucha confianza, “Carme” la nombré desde el momento en que me dijo su nombre. Tras ayudarle a cortar los tomates, un chico del grupo me dijo “Ayer nos presentamos todos, ahora te toca a ti, sabemos que eres el mexicano”… La presentación fue sencilla “Soy Edgar, vengo viajando de México”.
El grupo total era formado por Iulia, Ale, la familia Latorre, Lucciano, los porteadores, y el guía. Iulia es rumana, Ale venezolano, y ambos -pareja- viven en Londres. La familia Latorre estaba formada por Don José, Fabianna, Augusto y Vicente; Lucciano era un italiano cincuentón muy reservado; el guía era José Álvaréz, mejor conocido como “Oreja de Lapa” y derivados, los porteadores, Florencio, Eduardo y Carme. Tras comer un poco, inició la travesía… Pensé que mis piernas estarían muertas del día anterior, pero no… Unas 4 horas más tarde, llegamos al primer campamento. Me bañé en el río. Vi las nubes danzar frente a los dos tepuyes que a veces se asomaban en el horizonte… A esa distancia, el Kukenan y el Roraima ocupaban casi toda la vistra frontal de la caminata. Cenamos. No dormí mucho. Mi carpa se inundó por completo, huí con maleta y cobija a la cocina, me metí bajo la mesa y me dormí en el suelo frío. El sapo que me observaba desde arriba de un árbol era enorme, tenía que cruzar bajo sus ramas. Lo hice. Croaba, a veces bajito a veces con un gran estruendo. Me reí, su aliento era frío y olía a tierra mojada. Su saliva me mojó la cara… Abrí los ojos. Alguién había regado agua sobre mi rostro. Desperté.
“Si se inundó tu carpa, yo que tú me regreso” me dijo el guía de otro grupo al amanecer… Me reí. “Lo siento, una lluvia lo es todo y nada para mí a esta altura”. Creo que lo dije muy bajo y no me entendió, o escuchó claramente y no entendió, o tal vez no lo dije… Pero lo sentí. Ya había comenzado el segundo día. “No te preocupes, no lloverá más” le dije a alguno del grupo que no logro recordar quién. Desayunamos y tras recoger nuestras cosas, partimos. Era Domingo. Tras cruzar el tercer río, ayudado de una soga, con el agua hasta la cintura, y desgraciadamente los tenis sumergidos en el agua, desaparecí. Poco a poco me alejé del grupo, el calor estaba fuerte, el sol me pegaba justo en la nuca, y cuando llegaba a la cima de una loma bastante empinada tuve ganas de gritar “¡Ometeotl!”, lo hice en voz baja, seguí caminando mientras cantaba agradeciendo a todo “Tlazohcama… TODO” entoné. Yo no lo sabía, pero mi cuerpo cantaba y sudaba subiendo las faldas del Roraima, mi espíritu en cambio, sudaba y cantaba en el vientre de Itzpapalocoatl en Veracruz. Gracias. Esa noche no llovió. Y antes de que el sol cayera, nos bañamos en un río de agua helada. Los músculos agradecieron el agua y el alma, la risa. La arpía gigantesca apareció de nuevo, esta vez no vi el águila real, sólo a esa arpía, viéndome desde arriba de la montaña, muy seria. Yo estaba en cuatro patas, le aullé. Ella voló y la seguí. Llegamos a un precipicio, se río de mí y se lanzó en caída libre. Yo me reí también, e hice lo mismo. Desperté.
El tercer día era en el que llegaríamos a la cima. Decidí adelantarme con Don José, Fabi y Carme, quienes saldrían más temprano para aventajar un poco a los más rápidos. Subimos poco a poco, disfruté mucho el ritmo con el que lo hicimos. En cierto punto del camino, me di cuenta que iba cantando dentro de mí y que repetía “Voluntad, voluntad, voluntad”… Decidimos descansar en un clarito cuando un colibrí, gigantesco a comparación de los que aparecen en México, voló entre nosotros. Era azul eléctrico con algunos tonos turquesas, me enterneció al instante, estiré la mano y le dije “¿Qué pasa chaparro? ¿Qué pasa hermanito?”, me contestó. Revoloteó frente a mi cara y después a cada uno de los que estabamos ahí parados les deseó lo mejor. Seguí el camino confiado, feliz. No pasó mucho tiempo antes de que tocaramos la pared del Tepuy… Un par de horas más tarde estábamos a punto de alcanzar la cima. Vimos un sapito negro, endémico de las extrañas montañas. Y minutos más tarde, respiramos oxígeno en la Luna de la Tierra. En la tierra más vieja. El tabú frutal más viejo del mundo, lo guardé para ese momento. La enorme manzana verde que la señora Decia había acomodado en una bolsita para mí la devoré a mordiscos encima de las abuelas de las abuelas, las tatarabuelas, las piedras más viejas de la tierra. Buscamos un “hotel” para dormir. El frío se hizo presente. Subimos una montaña sobre la montaña, la vista era increíble. Allá arriba, dejé el otro caracol. Un corazón en espiral dentro de otra montaña. La montaña en la cima de la montaña, en la cima de otra más…. Cenamos delicioso. Recé, agradecí y me dormí. Escuché sus pasos alrededor de mi carpa, lo olía, estaba mojado, tenía frío. No estaba enojado, pero tenía que asegurarse de quién era yo… Yo estaba en la cuerda floja, no tenía cuatro patas, tampoco alas. Estaba acostado y parado. Estaba afuera y adentro. Afuera corría a conocer las piedras, adentro pegué un codazo a la orilla de la carpa. Recé, agradecí y me dormí, de nuevo. Desperté.
Tras desayunar, empezamos a caminar. Valles llenos de cristales, rocas en tantas formas que lograban distraer la vista de lo que aparece entre las sombras. Aires con tanta fuerza que hacen un ruido que no permiten escuchar el susurro de los guardianes. En ciertos puntos encontramos silencio. Ahí se hablaba claro. Recé, caminé. Me lavé el miedo en una poza de agua fría y vi claro. Se metían entre las piedras, se disfrazaban de roca. Estaban libres. No estabamos en la tierra, la tierra estaba en nosotros. El trabajo estaba hecho. Los ojos no habían tenido suficiente, pero sin darnos cuenta, el alma ya estaba lista. Regresamos al “hotel”, fuimos a otro mirador. Ale, nunca lo olvidaré. Eduardo le dijo: “Perdón, les pido una disculpa por no saber mucho español”… Ale respondió: “Disculpanos también, no hablamos tu idioma”. La gente era otra… Nos fuimos a dormir. Salí de la carpa y me vi dormido. Llamé a Ale, y me sorprendió verlo salir. Me pregunté si se había quedado dentro de la carpa. Observamos al gato bajar por las piedras más altas. Su cola terminaba redondeada y negra, sólo la punta. Como las orejas largas y puntiagudas. La luna se ocultaba entre las nubes. Me despedí, me puse en cuatro patas y lo perseguí. Subió una de las grandes rocas y se metió en una cueva. Dejé de ver todo hasta ver la espalda de la shamana. Me erguí sobre dos pies. Su espalda estaba desnuda y sobre ella reposaba su pelo rojo, muy largo. Cocinaba. “Tranquilo, pronto vamos a comer” me dijo. Y yo me quedé viendo la luna. Olía a comida. Desperté.
La maleta pesaba menos. Había dejado más de lo que creí. Seguro se habían convertido en piedras. Algunos miedos toman forma de personas, otros de animales. No lo pensé mucho, pero me pregunté “¿Qué forma tendrán mis miedos cuando se vuelvan roca?” Me despedí, muchas veces. Sonriendo. Voy a regresar, ya sea en dos o en cuatro patas. Esperaba un día largo, habría que caminar lo que se había hecho en el segundo y tercer día de una sola vez. Tras compartir algunas risas, volví a desaparecer. El colibrí se despidió y poco después crucé el río de agua fría. Comimos y seguí mi camino. Canté de vuelta, corría, dancé. Nos bañamos en el río con una vista increíble, el alma se me iba con la corriente y regresaba. Yo no conocía a nadie. Los que subieron no bajaron. Llegamos al campamento. Cómo cambia la percepción del tiempo y el espacio cuando se camina. Amanecí no muy lejos de donde dormí. Eso me decía mi vista. Mi corazón había viajado entre un mundo y otro. Había muerto y renacido. Me dormí, le conté el viaje en un internet inexistente y desperté. 
El camino de vuelta al primer campamento era el último esfuerzo físico. La sonrisa no se borraba…. Pasó rápido, tanto que pronto estábamos en un auto. Esta vez el camino de Paraitepuy pasó muy rápido ante mí, sin sed, sin dolor, sin sorpresas. Vistamos una cascada roja y después saludamos a Roberto. Entre risas, nos despedimos algunos y otros no. La noche cerró con una cena riquísima, llena de risas y alegría. Volví a dormir en el taller de carpintería, esta vez en una hamaca. Se me está haciendo costumbre perseguir la luna en cuatro patas… Otro día más en Santa Elena que cerró con Iulia tomando cuatro cervezas. Comimos pizza y nos fuimos a dormir. Yo estaba muy feliz, durmiendo como oruga, la hamaca era cómoda y me marco la espalda como cocodrilo. Ale, Iulia y yo nos despedimos tras el desayuno. Yo ya tenía otro totem, y había agradecido por todo. Al brujo disimulado, José. La risa es fuerte, lo sabía. A la oruga gigante que sueña con volar pronto, a todo. Nos veremos pronto, hermanitos.
Subí, morí y regresé.
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