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Al amanecer, no había nadie en la celda. Hacía tres meses que por las mañanas, Rosario ponía dos ollas al fuego. En una preparaba el café y en la otra agua dulce para los colibríes. Los Domingos -después de misa- visitaba a Genáro, un preso de la cárcel estatal a quien solía leerle la biblia por gusto y azar. Cuando preguntó por algún recluso sin familia para compartir con él un poco de tiempo, los guardias la dirigieron con él. Estaba preso por supuesto homicidio y bromeaba diciendo que sólo había estado en el lugar y tiempo necesarios. Genáro fue quien tras unas cuantas visitas le explicó cómo preparar el agua para los colibríes. Un par de Domingos después, Rosario dejó de llevar el libro. Platicaban por horas y con el sentido del humor del hombre, ella lograba olvidar la presión laboral que la mantenía tensa los otros seis días de la semana. -Yo estoy preso aquí, y tú allá- le decía el viejo entre risas. Los temas a conversar rara vez tocaban la simpleza de la vida diaria. Contaban historias de su vida y sus muertos. Recuerdos, anécdotas. Las de Genáro a veces parecían tan fantásticas que al principio a ella le costaba trabajo creerlas, y justo cuando se encontraba completamente sumergida en alguna de esas historias, Génaro estallaba en carcajadas. Eran muy distintos el uno del otro. Rosario era pulcrísima, con el pelo recogido siempre de forma perfecta. Usaba zapatos bajos y ropa sencilla. Tras las gafas circulares, sus ojos verdes delataban su edad aún con todo y su estilo anticuado, no alcanzaba la mitad de los treintas pero ser asistente contable la estaba matando. Él, estaba encerrado. Apestaba a orines como todos los demás reclusos. Se las había ingeniado para que los celadores no le cortaran el pelo y la barba, ambos canosos. Iba descalzo y no usaba lentes. Le faltaban algunos dientes -detalle que saltaba a la vista por sus constantes carcajadas- y siempre miraba a los ojos. -Ven mañana Rosario, para fugarnos juntos- le dijo Genáro un Domingo. Estaba acostumbrada a las frases aparentemente incongruentes del viejo. Pero esa vez, él le dijo que lo decía muy en serio. Prometió ir.

Esa mañana Rosario no bebió café ni fue al trabajo. Tampoco encontró a Genáro. Pero al regresar a casa se soltó el pelo, y de sus cabellos salió un colibrí.

Hoy estoy en Santa Marta, en una computadora que no es la mia y… NO TIENE ACENTO, NI “ENIE”. Asi que ustedes perdonen.

Entre al local de Octavio el dia de mi cumpleanios. El fue el unico que primero me pregunto el nombre antes de “que quieres tatuarte?”. Tambien fue el unico que hablo del precio al final, y que de paso… Me callo la boca. Por que? Por que cuando le explique cual era mi presupuesto me dijo algo como: “Si tu le quieres poner precio al simbolismo que estas por grabar en tu cuerpo para siempre, es tu problema, yo hago mi trabajo y al final me pagas eso, o mas, o menos, o lo que puedas, eso ya es otra historia”. A el, yo lo conocia de habladas y recomendaciones de gente que me conocia a mi de la misma manera. Sin conocerme en persona. Era 2 lagartija, como hace 26 anios en el mismo dia, pero paso lo que algo dentro de mi me dijo que iba a pasar… Me tatuaria el dia siguiente, el 3 serpiente, la serpiente de sangre. La historia de mi tatuaje, como simbolismo y significado, es cosa aparte. No fue el dolor, ni la sensacion de haber sacado algo que habia debajo lo que hizo decidirme a lograr hacerle un totem al “pinche Tavo”… Fue lo que senti en el ultimo par de horas, fue lo que me transmitio, y en general, fue una platica donde me di cuenta que encajaba perfectamente en el circulo de personas que se esta formando. Personas que transforman a otras… Entonces, Tavo, con sus agujitas de colores dice: “el tatuaje puede ser una terapia”. Y mucho mas… Si, hoy comparto algo: el cuerpo como testigo del proceso interno. Tal vez lo que dice el pinche Tavo sea cierto, tal vez los tatuajes nos siguen despues de la muerte… Es por eso que algunos, ya estaban ahi.

Este es Octavio Salazar, de Caracas, Venezuela. Y hoy, hace muchos anios, nacio. Feliz dia pinche Tavo.

Llegué a Venezuela un día de fiesta nacional, 5 de Julio. Me recibieron Karla y Paco, los yoguis. La idea básica de adelantar el viaje tan bruscamente era pasar el cumpleaños rodeado de amigos, confianza y cariño; así como también, iniciar algún proyecto que pudiese darme fondos para continuar el viaje. Funciono perfectamente mal, equivocadamente bien, o algo así. Conocí gente interesante; a algunos ya los conocía por Facebook y al verlos a los ojos, en persona, terminaron de comprobar lo que ya se sabía vía internet, a otros tantos los vi por primera vez acá, algunos decían ya conocerme otros se llevaban la misma sorpresa que yo. Mi cumpleaños lo pasé bastante lindo, con Karla, Paco y gente recién conocida. Al día siguiente me tatué, la historia del tatuaje la dejaré para cuando vean el totem de Octavio, el tatuador, el cual aún no tomo pero estoy esperando el momento para hacerlo. Conocí a Ana (mexicana, por cierto) y demás gente interesante leyendo su tonal. Conocí a maestros de yoga, de tai-chi, gente loca, gente amable, gente falsa, de TODO. Como en cualquier lugar, conocí de todo. Compartí un par de semanas en casa de la familia de Paco, quienes me brindaron techo, comida, historias, risas y sobre todo, mucha experiencia… Al buscar otro lugar donde alojarme, fue curioso donde fui a caer. Marcela, es una chica que conocí en una fiesta, junto con otras personas interesantes como Lirio y Oriol. Me ofreció su casa para dormir, la cual por cierto ya conocía, pues ahí había festejado mi cumpleaños. Tanto ella como su madre, Decia y una golden hermosa, llamada Panchita… Pfff, no pudieron ser mejores anfitrionas, no podría escribir cuantas risas compartimos, comida deliciosa, recetas bien aprendidas, días en la playa, cosas de shamaniños- jajaja- con Marcela, etc… Es demasiado para contar, y cada una de las personas con las que compartí mi tiempo en Caracas tiene un fuerte valor en mi vida y corazón, pero adentrarme en detalles convertiría esto en un libro gigantesco de recuerdos, y después no tendré que contarles frente a un par de cervezas! Tengo tantas historias de montañas y cascadas, de tráfico y coincidencias, de músicos brujos…

Pasé 3 semanas en Caracas antes de dar el salto… Santa Elena de Uairén, la ciudad más próxima a los cerros mágicos llamados Tepuy, y a la frontera con Brasil. Me fui con 600 bolívares y el súper lunch para el viaje de 24 horas que mi madre adoptiva, la madre de Marcela, preparó para mí. En couchsurfing se rieron de mí, dijeron que si lograba hacer el viaje a la cima del Roraima con ese dinero, debería regresar a trabajar en el gobierno venezolano para ayudarles a administrar el dinero, jajaja. Pues se puede, y la verdad es que no hace falta gran cosa… Sólo esfuerzo y alegría.

La tierra más vieja.

Tomé un bus el Miércoles 27 a las 15:30… Unas 24 horas después bajé en Sta. Elena. Había conocido a una chica en los úlitmos 15 mins en el autobús, y ofreció compartir el taxi para dejarme en un lugar donde podrían informarme acerca de los planes que comenté con ella: subir el Roraima… Pregunté en esa tienda, me mandaron a otra, y luego a otra. “Mystic Tours” es para ti, me dijo la chica de “Aponwao Tours”, así que fui.

Así fue como conocí a Roberto Marrero, y aún cuando pareciese increíble, algo dentro de mí me había asegurado que todo iba a salir tal cual salió… Subí al Roraima sin pagar más que mi comida, sólo le entregaría las fotos del viaje y regalarle a Roberto 8 piezas de ámbar chiapaneco, que habían llegado a mí de mano de Wolf -¡Hey manito, ya sabemos para qué eran!- “Salimos el Sábado, pero pasaran por ti en Paraitepuy, una comunidad a 25 km de San Francisco y no hay autos, lo más probable es que tengas que caminar, asi que sal mañana temprano hacia allá” dijo. Así que aproveché el tiempo para buscar donde dormir sin tener que pagar, pues no tenía dinero. A menos de 25 metros había una pizzería, pregunté si me podrían dar chance de dormir en el jardín y… Sussie, una señora hermosísima con unos ojos que me lamento no haber fotografiado se rió y llamó por teléfono a su esposo. Andrés, el hombre en cuestión, tenía un taller de carpintería a la vuelta de la esquina, y tras un par de preguntas y miradas, sonrió y me dijo “Aquí puedes descansar”. Monté la carpa, tejí y me dormí. En la noche… Perseguí la luna en cuatro patas, le aullé y me convertí en nube. Luego volví, y desperté.

El viaje estaba programado para 6 días, en mi caso, cuento un día más, el día en que salí de Santa Elena para irme a San Francisco y empezar la caminata de los 25 km con 18 kilos de equipaje encima. Huaraches chamulas, listos. Tras desayunar unas arepitas con carne y pollo, me conecté un rato y leí un mensaje de Marcela: ”No comas arepas de carne, allá es de perro” Jajajaja, lo comentó por que la carcajada que solté en el “cyber-café” hizo que todos me voltearan a ver. Llegué a San Francisco al medio día, y justo cuando me había decidido a empezar a caminar hacia Paraitepuy, comenzó a llover. Esperé 10 minutos bajo una choza, y cuando el sol salió de nuevo, comencé. Eran casi la 1… En el camino, un chubasco me tomó por sorpresa, al ponerme encima el impermeable -aqué que apareció mágicamente en Costa Rica- y seguir caminando, perdí uno de los caracoles que llevaba en las orejas. A las 5:30 pm, una camioneta paró frente a mí, y aunque de mala gana por decirle que no cargaba dinero, se ofreció a llevarme a la comunidad. Habían pasado unas 4 o 5 camionetas/jeep, sólo se paró una -a petición de una chica rubia que iba en el asiento del copiloto- cuando les hice señas con mi botella de agua vacía, la chica me rellenó la botella, sonrió, me deseó suerte y siguieron su camino como turistas. Eso fue a las 3:30 o algo así. El viaje en la batea no duró ni 10 minutos, al parecer ya estaba muy cerca de la comunidad, pero fue un viaje bastante ajetreado, ya que el conductor no tenía miramientos en tomar las curvas a alta velocidad y rebotar en más de un par de hoyos, juro que lo vi reírse cuando azoté contra un costado de la batea… Llegamos.

Me bajé de la camioneta y al acercarme a dar las gracias, el señor me preguntó por mi lugar de origen, le dije que era mexicano y el contestó: “Y todos los mexicanos se perforan las orejas así o sólo los maricos como tú, por que si te perforas las orejas así, te perforas el c*lo, ¡mexicano marico!”… Me ataqué de risa y le dije que no, que no todos, jajaja, di las gracias y me di la vuelta, la estación de INPARQUE, estaba a unos 50 metros de la camioneta, la cual aceleró a fondo y se fue. Menos de 10 minutos después, la carpa estaba hecha y yo tendido dentro de ella. Una mariposa se poso en el techo y me quedé dormido observando su sombra. Ya de madrugada, volé en su lomo, despacito. Sus alas producían un ruido tan fuerte que me hacía sentir pequeño, pero feliz. Deben ser los polvo que hay en su cuerpo, me dije soñando. Debe ser eso… Me metí en una crisálida a morir, y desperté.

José y el grupo, llegaron a eso del medio día. Lo saludé, a él lo había conocido gracias a Roberto quien me lo presentó el día anterior antes de salir de Santa Elena. Una chica indígena, de la cual por cierto quedé encantado por cierta curiosidad, pues a pesar de solo tener 16 años y mantener esa risa sensible, sincera e inocente de una niña, emabana una fuerza que me daba mucha confianza, “Carme” la nombré desde el momento en que me dijo su nombre. Tras ayudarle a cortar los tomates, un chico del grupo me dijo “Ayer nos presentamos todos, ahora te toca a ti, sabemos que eres el mexicano”… La presentación fue sencilla “Soy Edgar, vengo viajando de México”. El grupo total era formado por Iulia, Ale, la familia Latorre, Lucciano, los porteadores, y el guía. Iulia es rumana, Ale venezolano, y ambos -pareja- viven en Londres. La familia Latorre estaba formada por Don José, Fabianna, Augusto y Vicente; Lucciano era un italiano cincuentón muy reservado; el guía era José Álvaréz, mejor conocido como “Oreja de Lapa” y derivados, los porteadores, Florencio, Eduardo y Carme. Tras comer un poco, inició la travesía… Pensé que mis piernas estarían muertas del día anterior, pero no… Unas 4 horas más tarde, llegamos al primer campamento. Me bañé en el río. Vi las nubes danzar frente a los dos tepuyes que a veces se asomaban en el horizonte… A esa distancia, el Kukenan y el Roraima ocupaban casi toda la vistra frontal de la caminata. Cenamos. No dormí mucho. Mi carpa se inundó por completo, huí con maleta y cobija a la cocina, me metí bajo la mesa y me dormí en el suelo frío. El sapo que me observaba desde arriba de un árbol era enorme, tenía que cruzar bajo sus ramas. Lo hice. Croaba, a veces bajito a veces con un gran estruendo. Me reí, su aliento era frío y olía a tierra mojada. Su saliva me mojó la cara… Abrí los ojos. Alguién había regado agua sobre mi rostro. Desperté.

“Si se inundó tu carpa, yo que tú me regreso” me dijo el guía de otro grupo al amanecer… Me reí. “Lo siento, una lluvia lo es todo y nada para mí a esta altura”. Creo que lo dije muy bajo y no me entendió, o escuchó claramente y no entendió, o tal vez no lo dije… Pero lo sentí. Ya había comenzado el segundo día. “No te preocupes, no lloverá más” le dije a alguno del grupo que no logro recordar quién. Desayunamos y tras recoger nuestras cosas, partimos. Era Domingo. Tras cruzar el tercer río, ayudado de una soga, con el agua hasta la cintura, y desgraciadamente los tenis sumergidos en el agua, desaparecí. Poco a poco me alejé del grupo, el calor estaba fuerte, el sol me pegaba justo en la nuca, y cuando llegaba a la cima de una loma bastante empinada tuve ganas de gritar “¡Ometeotl!”, lo hice en voz baja, seguí caminando mientras cantaba agradeciendo a todo “Tlazohcama… TODO” entoné. Yo no lo sabía, pero mi cuerpo cantaba y sudaba subiendo las faldas del Roraima, mi espíritu en cambio, sudaba y cantaba en el vientre de Itzpapalocoatl en Veracruz. Gracias. Esa noche no llovió. Y antes de que el sol cayera, nos bañamos en un río de agua helada. Los músculos agradecieron el agua y el alma, la risa. La arpía gigantesca apareció de nuevo, esta vez no vi el águila real, sólo a esa arpía, viéndome desde arriba de la montaña, muy seria. Yo estaba en cuatro patas, le aullé. Ella voló y la seguí. Llegamos a un precipicio, se río de mí y se lanzó en caída libre. Yo me reí también, e hice lo mismo. Desperté.

El tercer día era en el que llegaríamos a la cima. Decidí adelantarme con Don José, Fabi y Carme, quienes saldrían más temprano para aventajar un poco a los más rápidos. Subimos poco a poco, disfruté mucho el ritmo con el que lo hicimos. En cierto punto del camino, me di cuenta que iba cantando dentro de mí y que repetía “Voluntad, voluntad, voluntad”… Decidimos descansar en un clarito cuando un colibrí, gigantesco a comparación de los que aparecen en México, voló entre nosotros. Era azul eléctrico con algunos tonos turquesas, me enterneció al instante, estiré la mano y le dije “¿Qué pasa chaparro? ¿Qué pasa hermanito?”, me contestó. Revoloteó frente a mi cara y después a cada uno de los que estabamos ahí parados les deseó lo mejor. Seguí el camino confiado, feliz. No pasó mucho tiempo antes de que tocaramos la pared del Tepuy… Un par de horas más tarde estábamos a punto de alcanzar la cima. Vimos un sapito negro, endémico de las extrañas montañas. Y minutos más tarde, respiramos oxígeno en la Luna de la Tierra. En la tierra más vieja. El tabú frutal más viejo del mundo, lo guardé para ese momento. La enorme manzana verde que la señora Decia había acomodado en una bolsita para mí la devoré a mordiscos encima de las abuelas de las abuelas, las tatarabuelas, las piedras más viejas de la tierra. Buscamos un “hotel” para dormir. El frío se hizo presente. Subimos una montaña sobre la montaña, la vista era increíble. Allá arriba, dejé el otro caracol. Un corazón en espiral dentro de otra montaña. La montaña en la cima de la montaña, en la cima de otra más…. Cenamos delicioso. Recé, agradecí y me dormí. Escuché sus pasos alrededor de mi carpa, lo olía, estaba mojado, tenía frío. No estaba enojado, pero tenía que asegurarse de quién era yo… Yo estaba en la cuerda floja, no tenía cuatro patas, tampoco alas. Estaba acostado y parado. Estaba afuera y adentro. Afuera corría a conocer las piedras, adentro pegué un codazo a la orilla de la carpa. Recé, agradecí y me dormí, de nuevo. Desperté.

Tras desayunar, empezamos a caminar. Valles llenos de cristales, rocas en tantas formas que lograban distraer la vista de lo que aparece entre las sombras. Aires con tanta fuerza que hacen un ruido que no permiten escuchar el susurro de los guardianes. En ciertos puntos encontramos silencio. Ahí se hablaba claro. Recé, caminé. Me lavé el miedo en una poza de agua fría y vi claro. Se metían entre las piedras, se disfrazaban de roca. Estaban libres. No estabamos en la tierra, la tierra estaba en nosotros. El trabajo estaba hecho. Los ojos no habían tenido suficiente, pero sin darnos cuenta, el alma ya estaba lista. Regresamos al “hotel”, fuimos a otro mirador. Ale, nunca lo olvidaré. Eduardo le dijo: “Perdón, les pido una disculpa por no saber mucho español”… Ale respondió: “Disculpanos también, no hablamos tu idioma”. La gente era otra… Nos fuimos a dormir. Salí de la carpa y me vi dormido. Llamé a Ale, y me sorprendió verlo salir. Me pregunté si se había quedado dentro de la carpa. Observamos al gato bajar por las piedras más altas. Su cola terminaba redondeada y negra, sólo la punta. Como las orejas largas y puntiagudas. La luna se ocultaba entre las nubes. Me despedí, me puse en cuatro patas y lo perseguí. Subió una de las grandes rocas y se metió en una cueva. Dejé de ver todo hasta ver la espalda de la shamana. Me erguí sobre dos pies. Su espalda estaba desnuda y sobre ella reposaba su pelo rojo, muy largo. Cocinaba. “Tranquilo, pronto vamos a comer” me dijo. Y yo me quedé viendo la luna. Olía a comida. Desperté.

La maleta pesaba menos. Había dejado más de lo que creí. Seguro se habían convertido en piedras. Algunos miedos toman forma de personas, otros de animales. No lo pensé mucho, pero me pregunté “¿Qué forma tendrán mis miedos cuando se vuelvan roca?” Me despedí, muchas veces. Sonriendo. Voy a regresar, ya sea en dos o en cuatro patas. Esperaba un día largo, habría que caminar lo que se había hecho en el segundo y tercer día de una sola vez. Tras compartir algunas risas, volví a desaparecer. El colibrí se despidió y poco después crucé el río de agua fría. Comimos y seguí mi camino. Canté de vuelta, corría, dancé. Nos bañamos en el río con una vista increíble, el alma se me iba con la corriente y regresaba. Yo no conocía a nadie. Los que subieron no bajaron. Llegamos al campamento. Cómo cambia la percepción del tiempo y el espacio cuando se camina. Amanecí no muy lejos de donde dormí. Eso me decía mi vista. Mi corazón había viajado entre un mundo y otro. Había muerto y renacido. Me dormí, le conté el viaje en un internet inexistente y desperté. 

El camino de vuelta al primer campamento era el último esfuerzo físico. La sonrisa no se borraba…. Pasó rápido, tanto que pronto estábamos en un auto. Esta vez el camino de Paraitepuy pasó muy rápido ante mí, sin sed, sin dolor, sin sorpresas. Vistamos una cascada roja y después saludamos a Roberto. Entre risas, nos despedimos algunos y otros no. La noche cerró con una cena riquísima, llena de risas y alegría. Volví a dormir en el taller de carpintería, esta vez en una hamaca. Se me está haciendo costumbre perseguir la luna en cuatro patas… Otro día más en Santa Elena que cerró con Iulia tomando cuatro cervezas. Comimos pizza y nos fuimos a dormir. Yo estaba muy feliz, durmiendo como oruga, la hamaca era cómoda y me marco la espalda como cocodrilo. Ale, Iulia y yo nos despedimos tras el desayuno. Yo ya tenía otro totem, y había agradecido por todo. Al brujo disimulado, José. La risa es fuerte, lo sabía. A la oruga gigante que sueña con volar pronto, a todo. Nos veremos pronto, hermanitos.

Subí, morí y regresé.

Las fotos 

 

 

 

 

 

En el Rockin’J's y en general, Puerto Viejo, pasaron muchísimas cosas. Tantas que tal vez tardé mucho en decidirme a escribir un post y que ahora sería demasiado largo contar, así que… Sí, lo haré muy rápido.

Llegamos (Wolf y yo) al hostal por recomendación de mucha gente, es genial pues te pagan el taxi para llegar. Por 5 USD al día, nos dejaban poner la carpa y dormir ahí, aunque debo decir, casi siempre me acomodé en alguna del chingo de hamacas que hay en el lugar. Es curioso como pasó todo. Haciéndolo corto, al segundo día, caminé unos 15 km de ida y otros de vuelta, buscando un lugar… ¿Cuál? No sé, un lugar… Y al final, todos me llevaron con la misma persona: Vane. El caso es que blablablá y shalalá y abracadabra, tuve una feria y luego di un curso y luego hice un logo y luego me vine hacia Venezuela… PERO. Además de Vane, una chica increíble, madre de 3 hijos, bruja danzante a todo dar, conocí a otras personas que vale mucho la pena mencionar. En el hostal pasaron Nelson, Mati, El Gordo (esta vez no era yo, bueno sí lo era, pero el tenía el apodo primero), Francesca, El Oreja, El Negro, Lau, San, Jordi.. Y un chingo de gente más. Pero estos son los que sobresalen. Nelson un gringo lagartijo a toda madre que se dedico a emborracharme y hacerme reír, algún día nos tocará vernos en otro país. Mati, El Gordo, El Oreja, El negro, Lau, argentinos cabrones con los que compartí un chingo de experiencias de enseñanzas, y sobre todo de comidas. Salí de ese hostal sabiendo “malabarear” 3 objetos en el aire, incluídas pelotas (de goma, albureros), piedras, cocos, etc…  Además, ya hice mis primeras cuatro pulseras, así que ya casi soy un artechango oficial… Gracias Ches!… San y Jordi, del otro lado del charco, también espero toparlos en otro momento, principalmente en España para que me den tour, o en México a todos ellos, para hacerlo yo, pero sobre todo, para echar unos palomazos más, esta vez musicales y de tequila! Ah! Y de paso rescatar algún otro animalito de Dios indefenso en la lluvia… Con ese grupo y en ese hostal me rebané las piernas en el arrecife, exploté granos que terminaron en hospital, bebí cerveza mucho, mucho antes del medio día, y me di cuenta que la embriaguez era más bien de felicidad, caminamos, nos contamos un poco de nuestras vidas, tocamos música frente a un fuego y claro, también jugamos a la papa caliente con una brasa al rojo vivo… En ese grupo hay músicos, fotógrafos… Revolucionarios, vagos, trotamundos, mujeriegos, cabrones que nos recuerdan que la inteligencia inicia y termina con un eterna pregunta: ¿por qué? (bueno… esas últimas 5 cosas nomás eres tú Mati, jajaja) etc. En ese grupo y en todos los demás, hay gente a toda madre. Águilas, vientos, lagartijas, perros, monos, más lagartijas… Todos, siguiendo su corazón, pisando firme…  Citando de nuevo a Wolf, recuerden: “El instinto siempre alcanza al destino”…

Yo platiqué con muchas personas, dentro y fuera de ese hostal. Fuera de él, me encontré a Vane, quien me recordó que sí hay danzantes congruentes… A Mary, una guacamaya hermosa quien me enseñó más de lo que cree, a Gio, la consejera por experiencia y a Karin…  Quisiera contar todo de ellos, tener fotos, mostrarlos, pero por algo sólo se quedaron en mi memoria y en mi corazón. Sólo hay alguien que está muy presente y que ahora cargo como un pequeño tesorito. El tercer totem: Karin Ehmke. La única foto de hoy… La muerta en vida, la renacida, la noche luminosa y el sol oscuro, el oxímoron en 3 fotos. La mujer el té con mucha azúcar y la risa con los ojos cerrados. Un totem, alguien que brilla gracias a las cicatrices de su pasado. La historia a mi manera, se las contaré algún día, en un círculo de fotos en un parque o a mitad de la calle… La historia real, la cuenta ella… Así no se dejan llevar por lo que cuento y lo que no: 

Todo fluyó en “Casa Armonía”… Caro, Pao, Alexis, Carla, Charlotte, Pao#2, Ale, Fernán, todos nos trataron poca madre. Tuvimos oportunidad de echar una chela con algunos, analizar a otros y de reírnos con todos. La semana ahí se me pasó volando, cuando me di cuenta ya era momento de partir. Carito se la rifó con un tour por la ciudad… El centro de San José creo haberlo conocido bien, caminé bastante en los días que decidí vagar y aprovechar el tiempo que existía entre aguacero y aguacero. Los volcanes los dejé para después, lo que sí hice fue aventurarme al parque nacional Braulio Carillo, que por decir “parque” no imagen algo al estilo Disneyland, sino más cercano a Jurassic Park, pero sin Jeep y sin dinosaurios, bueno, sin los grandotes.

Llegué a la reserva a eso del mediodía, tras ver el letrero de las ranas venenosas que rondaban los alrededores y pagar la cuota de entra, casi corro a internarme en el bosque lluvioso. Estaba yo listo para mi propio programa de televisión no grabado ni transmitido: “En búsqueda de las fobias venenosas”, digo, “ranas venenosas”… Había caminado cerca de una hora, cuando me cayeron las primeras gotas de lluvia. Bajo los enormes árboles, la lluvia se sentía bastante más suave. Seguí caminando, y la lluvia empezó a arreciar… No traía conmigo impermeable, o sweater, o nada. Me había pegado el síndrome del hippie ahorrador y la decisión estaba tomada “prefiero mojarme a gastar en un impermeable”. Bueno, ni modo. Envolví la cámara con mi playera y seguí caminando, cuando… Y aquí viene la parte que no me van a creer, pero igual se las cuento. Debo decirles que a mí aún me cuesta entenderlo. Yo estoy de acuerdo en que el universo provee, que yo soy a toda madre y por eso la ley me brinda ciertos favores, jajaja, ajá sí… Pero de verdad que ahora sí hasta un susto me llevé. En medio del camino que llevaba, había una roca lo suficientemente grande para sentarse, y sobre ella: la magia. Primero vi algo azul, pero conforme me acercaba, tomaba forma; entre risas y aún incrédulo lo tomé y desdoblé. Un impermeable azul, con capucha, nuevo… Para mí. Di gracias y me lo puse encima. En menos de 5 minutos se dejó caer el cielo, la cámara se salvó gracias al impermeable y yo busqué un lugar donde refugiarme antes de continuar.

Cuando la lluvia bajó un poco, me sentí seguro de encontrar a la rana. Era obvio que después de la lluvia la encontraría, bajo alguna hoja de plátano, cerca de un charco. Sí, claro. Me empecé a internar más y más en la reserva… Primero encontré un armadillo, al cual no le pude tomar una foto decente pues con la sombra de los árboles, lo nublado del cielo y mi resistencia a usar un ISO demasiado alto en la cámara, tengo un par de fotos borrosas. También del oso hormiguero que vi después. Una pena que sobrellevé cuando encontré al basilisco que me miraba fijamente mientras cruzaba un riachuelo. Riachuelo pequeño, no como ese que tuve que cruzar unos 2 kilómetros después donde había un alambra grueso a unos 2 metros del agua y que entendí, era para sostenerse mientras se cruzaba el río. El caso es que me sentí perdido. Encontré un altar a la santa muerte allá en medio del bosque-selva-cosa, encontré el silencio, la soledad, y por momentos, encontré el miedo. A lo racional e irracional… Racional: “¿Qué tal si me quiebro una pierna y quién madres va a saber que estoy acá?”; Irracional: “¿Qué tal si me sale un monstruo hollywoodense, me quiebra una pierna y quién madres va a saber que estoy acá”?

La rana… Uhm, creí haberla visto unas 128 veces: 5 frutas rojas de yonosecuál árbol, 13 hojas rojas caídas, 21 hojas encima de las hojas de palma, 34 pasitos entre la hojarasca y 55 gotitas moviendo ramas. Ni una pequeña anca de rana me tocó ver. Salí después de algunos resbalones, azotes, inmersiones en lodo y agua, uno de los lentes empañado por completo, no sé cuántas calorías quemadas (que llegué a recuperar con un burrito de 2 dólares) y eso sí, además de mi impermeable de regalo, la firme decisión de que no me iba de Costa Rica sin una foto.

En fin, llegó el día de partir y debo decir que aún con todo y la despedida, partí feliz. Cuando uno va hacia el Caribe, es fácil despedirse… Ahora estoy en un hostal poca madre, frente a la playa (parece la de Veracruz, es un Caribe extraño por acá)… El “Rockin’ J’s”. Les contaré más sobre este lugar en el siguiente post, que ahora sí prometo no será tan lejano como el anterior, es sólo que no creía haber tenido algo importante que contarles, prometo fotos también…. Y sí, ya tuve a la rana en mis manos, así que esa se las adelanto:

Capital Guatemala, resultó ser bastante tranquila. Los días que pasé en la pensión Meza fueron en gran parte geniales, a excepción de que el negocio no fue nada bien. No se vendió una sola foto, fuese por las personas, las fotos o la lluvia. Así que huí de Guatemala… Pero antes, pasaron un par de cosas.

Historia número uno: El cajoncito: Cierto día iba yo “mangueando” las fotos -ofreciéndolas caminando, pues- cuando de pronto… Uy sí la emoción. Un señor se interesó en las fotos, me preguntó algunas cosas sobre ellas, etc. y tras un rato de platicarle el motivo por el cual las vendía: “Hola, soy un jipi apestoso, que necesita vender sus fotos para poder comer en el solidario de Q1″, así que dijo: Me convenciste, y sacó la cartera. Casi grito de la emoción, iba a ser la primera foto vendida, podría comer algo, lo que sea!… 

Entonces de la cartera, sacó un papel dorado, lo jaló por ambos extremos y apareció un cajoncito de papel metálico. “Aquí, guarda tus sueños, y cuando no tengas ni para comer, siempre cargarás esto contigo, te juro que valen oro”. ¿Qué les digo? Por algunas horas me olvidé del hambre y no me pude quitar la sonrisa de la cara. Y sí, después regresó el hambre, pero de vez en cuando (diario) cuando se vacía la cartera, al fondo de ella encuentro el papelito dorado, y sin duda tiene efecto, pues me digo: “¿Qué importa? Estoy viviendo mis sueños”.

Historia número dos: El Che y el otro che: Cuando llegamos a Guatemala, tristes y sin ilusiones -ay sí, ajá- Héctor nos dio un recorrido por la ciudad que incluyo el restaurante del Che, Victor Hugo, como les dije en el post pasado. Un che a toda madre. Le prometimos regresar y lo hicimos… Un par de horas antes de que saliera el camión Guatemala-Nicaragua llegamos al restaurante. Nos recibió gustoso y cuando nos invitaba un litrito nos dijo: “Saben qué día es hoy?”… Mi espíritu borracho pensó que saldría con alguna frase como “es hora de decir salud” etc, pero no. Brindamos, pues era 14 de Junio, y hacia 83 años había nacido El Che. No Victor Hugo, Ernesto Guevara. Comimos y bebimos sin pagar un centavo. Y nos tomamos una foto del recuerdo. Un argentino fue quien nos recibió y despidió de Guatemala, cual si fuesemos su familia. Y nos fuimos…

Fueron 32 horas de viaje, 30 galletas, 8 bolsas de frituras, 4 litros de agua, 2 latas de sardina, 2 piezas grandes pan, algunas piezas de pan dulce, 2 bolsitas de frijoles, una cajetilla de cigarros, 5 países con sus aduanas, revisiones, perros que huelen dinero o droga, 3 policías que te despiertan a media noche para pedirte tu pasaporte, 1 nica que bajaron a medio camino, 3 tormentas, mucha gente insolente, algunas personas hermosas, y sí, un cursi pero fuerte sueño de llegar al siguiente destino. Hasta que llegamos a “Casarmonía”, en San José, Costa Rica.

¡Pura vida!

Después de “el día no” en Antigua, dormimos una noche más y tomamos el primer camión hacia la temida capital -digo temida, por que nos la habían pintado como un D.F estilo Frank Miller-. La idea era tomar un mítico autobús que por Q200 te lleva a Managua, Nicaragua… Un delicioso viaje de 20 o 22 horas que por escasez de recursos tuvimos que posponer. Y todo se acomodó. En poco más de una hora, ya habíamos decidido pasar la noche en la capital, y tras llegar a la pensión Meza, nos dimos cuenta que no sería esa noche, ni la siguiente -Nos quedaremos algunos días- dijimos.

La pensión Meza es el hostal más barato de la ciudad, en la 10a avenida casi esquina 10 calle -no me digan nada, así se nombra aquí, número primero y calle después-. El lugar es mágico por sí solo. Es viejo, viejo, viejo, viejísimo; tiene una construcción en rectángulo con un jardín al centro. No tiene T.V pero tiene WiFi -soy feliz- y una mesita de pinpon -soy muy feliz-. Nos hospedamos en el cuarto 29, al final del pasillo. Lugar donde dicen, asustan, debido a que en ese pasillo está el cuarto 25, sí, el terrorífico 25 donde murió un alemán borracho. Pero si no se toma el pasillo y se sale por una lateral… Está el 9. Ahora es una bodega, pero ahí vivió por meses Ernesto Guevara, el Che. Entre él, el alemán borracho y el fantasma de tantos vicios paseando por el hostal, la vibra es exquisita. Una mezcla de fantasmas que te susurran al oído y vivos que te invitan una copa para brindar por las revoluciones pasadas y futuras.

Cuando nos registramos, la señorita nos dijo que había otro mexicano aquí. ¡A huevo! ¡Un compadre!… Héctor apareció en menos de 10 minutos en nuestra habitación, se presentó bajo el estándar de las presentaciones de apestoso jipi viajero. Soy tal, soy de tal lado, voy a tal lado, gano dinero en tal cosa y le entro a tal cosa. El tercer mosquetero mexicano, mariachi de nacimiento… No es cierto, toca el djembe pero nació en Guadalajara, por tanto es mariachi. Wolf nació en Cd. Juárez así que es narco; y yo nací en Veracruz, así que soy jarocho -ni modo es mi blog, se aguantan-. El mariachi nos dio un recorrido que dudo pueda ser superado alguna vez, pero espero que lo sea. Para sobrevivir en una ciudad nueva hay puntos estratégicos a conocer. Comida e internet por ejemplo. Ah no, este cabrón nos dijo localización y horario de tiendas, postres, panadería, el comedor solidario de desayunos a Q1 y almuerzos a Q3, el mercado de las cajetillas de cigarros a Q5, el centro histórico con todo y apreciación arquitectónica, la zona de malandros, la de malandros negros, la zona prohibida -mucho malandro-, la calle minada -calle de vagos que defecan en la calle-, y por último… El restaurante de Victor Hugo, el argentino -sí, el Che, por haber nacido allá-.

Victor Hugo es… es un che a toda madre, como pocos. Tiene un restaurante senshito y carismático… Bueno, lo de carismático es depende el gusto. El cabrón cocina en un altar a San Ernesto Che Guevara y a San Diego Maradonna. Todo está lleno de playeras del equipo argentino de fubtol, gorras y boinas con estrellas rojas, y muchas fotos del Che que yo jamás había visto en mi vida. En su local se sirve un platillo: c-a-r-n-e. La cual la cocina en un pequeño asador que tiene en la banqueta donde huele a papa, frijoles, chorizo y “churrasquito” dice él. No habían pasado ni 5 minutos cuando nos contaba sus anécdotas en México, y nos invitaba unas Carta Blanca, ya saben, pa’no extrañar la tierra. Le prometimos regresar a comer y platicar -nos falta dinero-, unos clientes llegaron y aprovechamos para despedirnos.

Después de eso, regresamos al hostal… Hemos pasado los días platicando, jugando pinpon e intentando ganar dinero en las calles. En mi caso, no ha ido bien, aún no logro vender fotos en la capital de Guatemala, pero confío que la lluvia estará de mi lado este fin de semana y que el Lunes partiremos hacia Nicaragua… Ese es el plan, nunca se sabe lo que puede pasar.

Esa foto es lo que ven mis ojos mientras intento vender fotos a los transeúntes del parque central de la ciudad.

Hoy no desperté, me despertaron. Le robaron la cámara al chico del cuarto 6, pero a mí no. No desayuné con chile, pero tampoco lavé los trastos. Fui a un taller de jade donde no compré nada, y la señora me dijo que tengo un pequeño fondo de ahorro en forma de piedra verde. No he pedido prestado, en cambio, presté, y esta vez me pagaron. El día parecía con buen sol y hace unas horas que llueve. Las fotos no me las entregaron ayer, sino hoy. Dijeron ser cuidadosos, pero las orillas dobladas parecen no estar incluidas en el trato. Hoy me dieron la respuesta a mi oficio, fue no. Un no mudo, a señas. Un no sin corazón, premeditado sin pensarse… No sólo un no, un noo. Un no a lo Girondo: “…el no inóvulo, el no nonato, el noo, el no poslodocosmos de impuros ceros noes que noan noan noan y nooan, y plurimono noan al morbo amorfo noo, no démono, no deo, sin son sin sexo ni órbita, el yerto inóseo noo en unisolo amódulo, sin poros ya sin nódulo, ni yo ni fosa ni hoyo, el macro no ni polvo, el no más nada todo, el puro no”… Un no que hace que uno no sude agua sino patas de araña, un no de noviazgo, de sí, pero no. Un no que nunca jamás debe no decirse, sino no. El no, no. Un no mames parece que el cielo se cae a pedazos no por que sí, sino por que no. Un no te vayas pero aún no vuelvo, un no me esperes pero ya voy, un no me digas que no. Pues no es eso sino lo otro, no el no sino el no decir no. Extender la mano y no encontrarte sino a la almohada, llorar pero no. Las fotos a color por que en blanco y negro ya no, mejor lo cambio, o tal vez no. Vi un café y pregunté si tenían internet, pero no. Entre a otro más elegante, tanto que mejor dije no. Caminé no una, ni dos, ni tres, sino 3 veces que dije no. Entre a este, donde pregunté si cobraban extra por usar el internet y dijeron: no. Es por eso que cuando la chica me pregunta si quiero un café -el cual no me gusta por amargo-, yo le digo: Sí!… Por qué? Por qué un trago amargo siempre lo hace a uno orinar miel.

Me habían dicho que el viaje de Huehuetenango a Quetzaltenango era de 2 horas; también me dijeron que era de 1 hora y media, o de 3, a veces de 3 y media. Intenté dormir en el camino, pero no pude. La carretera era bastante sinuosa, y yo iba al fondo del camión lo que hacía que en cada curva azotara contra mi mochila -que iba junto a la ventanilla- o contra mi pasajero vecino al otro lado del pasillo. Cuando llegué a Xela – otro nombre de Quetzaltenango en quiché, que en realidad es Xelahu, Xelajú, Xelahub, etc – yo ya había perdido la noción del tiempo y como estaba muy oscuro, pensé que eran las 10 de la noche, pero no, apenas eran las 7:30 pm y me di cuenta que la hora en Guatemala está retrasada 60 minutos en comparación con México. Llamé a Paco -mi couch de Xela- desde la estación de autobuses y me indicó que tomara un taxi a una zona cercana de donde estaba.

Paco tiene 25, es más alto que yo, tiene el pelo bastante rizado y corto, y en general, es a toda madre. Lo primero que me dijo después de saludarnos-presentarnos fue: “Vamos casa de un cuate que estamos con unos maras”. Yo no sé si todos aprietan el alma al escuchar eso, pero yo lo hice. Para mí, el significado de “mara” era un cabroncete tatuado de todos lados con ganas de intercambiar mis órganos por crack. El caso es que, una vez relajada el alma, entendí que “mara” es la forma en la que se refieren a “la banda”… Buen primer susto. Allá en esa casita a unos cincuenta metros de donde conocí a Paco, me presentaron al hermano de Paco, Miguel, a “El Negro” y más tarde a “El Basura” -por que se queda tirado en todas partes, jajaja-, todos estos maras, a todísima madre. Salimos a cenar y entonces conocí a “El Muppet”, “El Bokis”; pasó a saludar “El Tamal” y poco después “El Shaggy” nos dio un aventón a casa. Aún no terminaba de acomodar la mochila cuando la música ya estaba encendida. Yo ya conocía la cañita quetzalteca, pero la nueva presentación con rosa de jamaica, está riquísima.

Al día siguiente, Paco me acompañó a recorrer un poco Xela. Conocí lo básico para sobrevivir en mi viaje: el mercado para comer y el lugar donde puedo robar internet -aquí estoy-. Paco parece la reina de carnaval Couchsurfing de Xela, por la calle saluda gente de todos lados que alguna vez hospedó o con quienes compartió un par de chelas -Gallo, por supuesto-. Era la final de la champions; la mara se reunió a verlo en casa de Paco, y yo vine al “&CAFÉ” a escribir el post anterior. La tormenta que cayó ese día, canceló nuestros planes para subir a la laguna de Chicabal esa misma tarde, así que la pospusimos. Una vez que se calmó la tormenta, regresé a casa y subimos una montaña que está atrás de casa de Paco, el clima es delicioso y es increíble que 200 metros atrás de un fraccionamiento pueda haber tanta vegetación y pájaros. De paso, conocí a “El Volovan”. La idea era no dormir tan tarde, pues al otro día partiríamos hacia el volcán, así que disfrutamos de la falta de energía eléctrica en casa platicando en los sofá, hasta que Paco, Bokis y yo, nos quedamos dormidos.

Chicabal y la gente de la niebla

Aún cuando no nos desvelamos demasiado, no partimos tan temprano… Tras tomar el camión hacia San Martín Chile Verde, empezó la lluvia, era obvio -chicnahui quiahuitl- que llovería. Truenos incluidos. Bajamos en la desviación que lleva hacia el volcán, compramos tres pedazos de plástico, uno amarillo para Bokis, otro esmeralda para Paco y el azul para mí. La caminata, en palabras de Paco era de una hora. Más o menos a la hora y media llegamos al campamento, que supone marcar la mitad o un tercio del recorrido. Llovía bastante, así que cuando escuchamos que costaba Q35 hospedarse ahí, no tardamos ni 5 minutos en dejar las maletas en la habitación y comprar, muchas, muchas, muchas cochinaditas de la tienda. No vendían otra cosa que galletas, papas y cacahuates. La cabaña no tenía energía eléctrica ni… NADA. Era un cuarto de madera con 2 literas, fin. Cuando la lluvia paró un poco, decidimos subir a ver la laguna, aún con todo y la neblina. Tardamos cerca de una hora en llegar al mirador. Un par de fotos, y cuando planeábamos regresar a la cabaña se soltó el aguacero. No tenía cara de que fuese a disminuir en intensidad, así que partimos enseguida… Llegamos empapados y milagrosamente, sin ninguna caída. Con muy poco que hacer además de platicar toda nuestra vida, quedamos dormidos a las 8 de la noche. Despertamos 12 horas después, es riquísimo dormir con tanto frío.

La caminata, ya de día y con la pila llena, resultó increíble. Encontramos muchísimos hongos a los que pude tomarles fotos. Esta vez, al llegar al mirador tomamos unas escaleras que nos llevarían hasta la orilla de la laguna… Ahí empezó la magia. Apenas nos encontramos frente al agua, la neblina lo cubrió todo. Rodeamos por completo el agua, caminando por la orilla. Había troncos que parecían flotar en el vacío, pues la neblina no permitía distinguir el cielo de la tierra. Allí, sumergidos entre la invisibilidad, había algunos indígenas encendiendo fuegos y amarrando flores, y al estar rodeada de montaña, sus voces resonaban en el eco de la laguna.

Llegamos a un punto donde Bokis y Paco encontraron su lugar. Un par de noches antes yo les había hablado un poco sobre su tonal, muerte y venado; sin planearlo, al disiparse un poco la bruma, notaron que estaban parados frente a 2 de los 20 letreros que rodeaban la laguna, la muerte y el venado, con su respectiva explicación. Yo vi en sus ojos, que así como cuando “adiviné” la fecha de nacimiento de Paco, creían un poco más en la magia de la vida.

Antes de partir nos sentamos un rato a disfrutar del lugar, cerramos los ojos y yo toqué el vargan por un rato… El camino a casa fue pesado, tanto que, aún cuando ayer dormí en Xela, es ahora mientras escribo estas líneas que acabo de regresar…

No era muy temprano, pero en la casa EDELO, todos dormían. Tomé un baño, terminé de ajustar las maletas y partí. Tal vez no pude despedirme como hubiese querido, pero partí. Crucé buena parte del centro de San Cristobal de las Casas; recuerdo que la idea era pasar “unos días” por esa ciudad, y con el tiempo todo se ajustó en casi cinco semanas, incluyendo la inesperada visita a Veracruz. ¡Qué buena tormenta se acaba de soltar en Quetzaltenango!… En fin, les decía, subí a una combi que me llevaría a Comitán. Un par de horas más tarde tomé el que me llevó a Ciudad Cuauhtemoc. Sellé mi pasaporte de salida, tomé un taxi hacia “la raya”, sellé mi pasaporte de entrada, cambié todos mis pesos mexicanos a quetzales, y tomé una combi hacia Huehuetenango, al que llegué después de 3 horas de buena plática con Octavio, el chofer. Me llamó la atención una anécdota sobre su suegro, quien encontró algunos metates en un terreno cuya tierra empezaba a trabajar.

Al llegar a Huehue, tomé un camión hacia la Zona 1 – Centro y donde creí que debía bajarme, me bajé. Llamé a Carlos, un couchsurfer que había quedado en recibirme y resultó vivir 2 cuadras abajo de donde estaba. Lo alcancé y me recibió en casa junto con Daniela, Josué y Oralia. Carlos es panadero así que de entrada, ese día cené pastel. Delicioso. Al día siguiente -ayer- visitamos Zaculeu, una zona arqueológica que aún cuando es muy pequeña, me encantó. Carlos pidió dos boletos guatemaltecos de 5Q, ya que los de turista cuestan 50Q -unos 75 pesos-.

La zona estaba limpísima y casi vacía, la ciudad se podía apreciar desde la cima de los templos y a sus costados había unas pequeñas zonas boscosas. Algo que debo hacer notar, es que la textura de los templos es muy distinta, pues acá su recubrimiento parece haberse conservado con los años. Así que son casi perfectas, lisitas. Hay una que me llamo la atención en especial, la llaman “Pirámide del sacrificio”, pues dicen que en el ombligo que tiene a la mitad de su escalinata, se depositaba la sangre y corazones de los que ofrendarían su vida para que el sol naciera todos los días…

Regresamos con camino hacia el mercado y de paso me compré una bolsita de dulces que -recuérdenme a mi madre- no recuerdo su nombre, pero estaban riquísimos, hechos de piloncillo, que por cierto… ¡Bien! aún traía algunos en la maleta de la cámara y ya me estoy comiendo uno. Después comimos un caldazo por sólo 15Q. Los caracoles de mis orejas tienden a llamar la atención, pero ahora sí que comí siendo observado. Por cierto, un dato, las tortillas acá en Guatemala parecen bocolitos, son pequeñas y bastante más gruesas que las mexicanas. Deliciosas, también.

Tras descansar un poco en casa, nos despedimos. Hogares de una noche… Extraño, pero fascinante. Tomé un camión hacia un puente donde tomé otro hacia Quetzaltenango, también llamado Xela-hu. Acá me recibió Francisco. Pero esa, será una historia que contaré después, tal vez cuando deje mi segundo hogar de una noche.

Este post lo escribí muy rápido, pues la tormenta ya había cortado la luz un par de veces. Espero no se lea demasiado acelerado.


Mientras me acercarban un puñado de tabaco… -A la montaña no se sube buscando poder- me dijeron cierto día. Se pide permiso y se sube con respeto, sin miedo. Allí, vas a integrarte con todo, a desaparecer, pues el camino es de quien se va borrando. Ni una sola mentira, para subir una montaña hay que hacerlo como agua que desciende, suave.

Tras dejar el puñado de tabaco bajo una piedra, subí mi primera montaña en silencio. Y al llegar a la cima, me sentí enormemente pequeño. Rodeado de más montañas, abrazado. La montaña centra. Ordena la naturaleza de modo que descubres la debilidad del cuerpo, comparable a una hormiga, y la fuerza del espíritu, un cúmulo de sueños y esfuerzos que simula mares y universos.

Una montaña es un enorme corazón, latente. Sabio por la paciencia de saber esperar y de mantenerse inamovible. Tiene la fortaleza en sus raíces y su belleza en la cima. Una montaña vive por todo lo que vive en ella. Vive por y para todo. Tepeyolohtli, el corazón de la montaña.

En la actualidad, puede ser que nos parezca que estamos antre una enorme montaña de mierda, pero como cualquier otra, no la conoceremos hasta alcanzar su cima. Perseveremos. No se puede callar el viento, hablemos para alimentar el fuego de nuestra voluntad, para recobrar la tierra o más bien, para recobrarnos a nosotros mismos en nuestra tierra, fluyamos como el agua del río y regresemos a la mar. Para conquistar la montaña, debes ser ella. Debemos ser todos.

Sigan tirando balas, seguiremos escribiendo poemas y canciones… Escribiendo mientras escalamos la montaña. 

Un perro. Bastante sucio y mal comido. Un perro de aquellos que parece cumplir con el uso más triste de la frase “lleva una vida de perro”. Cuatro patas de pura mugre que hace enternecer los corazones activistas y horroriza a las señoras de copete alto. Con la cámara en el ojo, enfocaba un tronco tirado en la playa cuando escuché un algo a mis espaldas, volteé sin quitarme la cámara y apreté el botón sin pensarlo. Parecía que iba a llover y ya no había nada ahí, sólo un montón de piedras y ramas, pero la imagen había robado el alma del instante. La aprecié en la cámara. Busqué por un buen rato algo en la foto, pero no sabía qué era. Es más, no lo buscaba, estaba ahí pero no podía verlo. Nadie lo sabe -hasta ahora-, pero atrás está el mar, rompiéndose contra mil troncos abandonados a su suerte, condenados a flotar húmedos o encallar. Troncos-perro, que si tuviesen orejas también estarían altas para escuchar a las olas y a los 5 cachorros que rondaban la playa, destinados a buscar un hogar o vagar por siempre.

Aún hoy en día, mientras recuerdo el instante al ver la foto, dudo de su animalidad. Debe ser su mirada fija, objetiva. El porte, el que no le importen las costillas marcadas y el corazón casi expuesto. Debe ser que el perro es como las manzanas, simplemente es lo que es. El perro se ha aceptado y él, a diferencia nuestra, ya ha perdido la forma. Su destino lo ha alcanzado y le es fiel, pues los perros siempre son fieles. Debe ser que no le preocupa tener casa o no tenerla, pues su hogar va consigo mismo. Además, los perros siempre regresan a casa o siempre están en el. Debe ser entonces que el perro sabe todo esto y es sabio, o tal vez no sabe nada, y también lo es. Debe ser que el perro no es perro, es un nahual. Es un espejo, soy yo.

El 26 de Noviembre del 2008 le robé el alma a este instante, y decidí que era mi primera fotografía tal cual quería tomarla, sin pensar. Nunca más volví a ver al viejo nahual. No en esa forma.

Hay quien dice que la casa es donde uno tiene el corazón, y está en lo cierto. Pero quien dice que el hogar -sea cual sea el espacio al que se haya bautizado con ese nombre- brinda un calor inigualable, también habla con la verdad.

La casa de mi corazón siempre estará conmigo -a menos que ahora que pienso convertirme en pirata, sea una especie de Davy Jones mexicano con más cara de tortuga que de pulpo-. Mi espacio personal, antes llamado departamento playero desordenado pero muy mío, ha dejado de existir, pero el ritmo dinámico que ha tomado el despertar en lugares distintos de vez en cuando, no me afecta nada, todo lo contrario: me encanta. ¿Les ha pasado que a veces tienen una borrachera tan pesada que al despertar no saben dónde se encuentran? También es posible que cuando viajas, en los primeros días te cuesta reconocer el cuarto del hotel, hotelucho, motel, posada, hostal o callejón -según sea el caso- donde despiertas. Bueno, el caso es que últimamente he podido gozar de ese privilegio sin tanta necesidad de unas chelas, aunque nunca está de más prevenir. Mi gran casa, México, apenas y me he paseado por la salida sur, pero no he cruzado la valla al patio del vecino. Pronto.

Justo ahora me encuentro en el lugar que casi todos entendemos como casa, el espacio donde está la mayoría de la familia y amigos. Para algunos ese lugar es el mismo donde nacimos y crecimos. Donde conocí a la de lentes de pasta -2 veces- y toqué en bares con aquellos locos desquiciados, donde le lloré en el hombro a la que tiene ojos de canica y descubrí que no me gustan las oficinas, el mismito lugar donde embrujé a quienes llegaron a casa y decidieron quedarse a vivir en Veracruz para ver el amanecer. Donde aprendí a danzar lo suficiente para salir sin miedo de casa, pues conmigo estaba el fuego. Donde mil cosas más… Por poco, pero he vuelto. Y en los días que estaré por acá, quiero hablar con, para y del corazón, para poder percibir el reflejo de mis palabras. Para que aprendamos juntos, y si hace falta, construyamos un hogar de espejos.

La foto de allá arriba de la colección privada -ay no mames, ajá-  ha sido vista sólo por algunas personas. Hoy la comparto a todos, pues aún cuando sé que Venezuela nos ofrece la oportunidad de concluir el trabajo y mostrarlo completo después… Simplemente tengo ganas de que hoy Karlita, con los ojos cerrados y el corazón en la mano, nos recuerde lo necesario.

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