Me habían dicho que el viaje de Huehuetenango a Quetzaltenango era de 2 horas; también me dijeron que era de 1 hora y media, o de 3, a veces de 3 y media. Intenté dormir en el camino, pero no pude. La carretera era bastante sinuosa, y yo iba al fondo del camión lo que hacía que en cada curva azotara contra mi mochila -que iba junto a la ventanilla- o contra mi pasajero vecino al otro lado del pasillo. Cuando llegué a Xela – otro nombre de Quetzaltenango en quiché, que en realidad es Xelahu, Xelajú, Xelahub, etc – yo ya había perdido la noción del tiempo y como estaba muy oscuro, pensé que eran las 10 de la noche, pero no, apenas eran las 7:30 pm y me di cuenta que la hora en Guatemala está retrasada 60 minutos en comparación con México. Llamé a Paco -mi couch de Xela- desde la estación de autobuses y me indicó que tomara un taxi a una zona cercana de donde estaba.
Paco tiene 25, es más alto que yo, tiene el pelo bastante rizado y corto, y en general, es a toda madre. Lo primero que me dijo después de saludarnos-presentarnos fue: “Vamos casa de un cuate que estamos con unos maras”. Yo no sé si todos aprietan el alma al escuchar eso, pero yo lo hice. Para mí, el significado de “mara” era un cabroncete tatuado de todos lados con ganas de intercambiar mis órganos por crack. El caso es que, una vez relajada el alma, entendí que “mara” es la forma en la que se refieren a “la banda”… Buen primer susto. Allá en esa casita a unos cincuenta metros de donde conocí a Paco, me presentaron al hermano de Paco, Miguel, a “El Negro” y más tarde a “El Basura” -por que se queda tirado en todas partes, jajaja-, todos estos maras, a todísima madre. Salimos a cenar y entonces conocí a “El Muppet”, “El Bokis”; pasó a saludar “El Tamal” y poco después “El Shaggy” nos dio un aventón a casa. Aún no terminaba de acomodar la mochila cuando la música ya estaba encendida. Yo ya conocía la cañita quetzalteca, pero la nueva presentación con rosa de jamaica, está riquísima.
Al día siguiente, Paco me acompañó a recorrer un poco Xela. Conocí lo básico para sobrevivir en mi viaje: el mercado para comer y el lugar donde puedo robar internet -aquí estoy-. Paco parece la reina de carnaval Couchsurfing de Xela, por la calle saluda gente de todos lados que alguna vez hospedó o con quienes compartió un par de chelas -Gallo, por supuesto-. Era la final de la champions; la mara se reunió a verlo en casa de Paco, y yo vine al “&CAFÉ” a escribir el post anterior. La tormenta que cayó ese día, canceló nuestros planes para subir a la laguna de Chicabal esa misma tarde, así que la pospusimos. Una vez que se calmó la tormenta, regresé a casa y subimos una montaña que está atrás de casa de Paco, el clima es delicioso y es increíble que 200 metros atrás de un fraccionamiento pueda haber tanta vegetación y pájaros. De paso, conocí a “El Volovan”. La idea era no dormir tan tarde, pues al otro día partiríamos hacia el volcán, así que disfrutamos de la falta de energía eléctrica en casa platicando en los sofá, hasta que Paco, Bokis y yo, nos quedamos dormidos.
Chicabal y la gente de la niebla
Aún cuando no nos desvelamos demasiado, no partimos tan temprano… Tras tomar el camión hacia San Martín Chile Verde, empezó la lluvia, era obvio -chicnahui quiahuitl- que llovería. Truenos incluidos. Bajamos en la desviación que lleva hacia el volcán, compramos tres pedazos de plástico, uno amarillo para Bokis, otro esmeralda para Paco y el azul para mí. La caminata, en palabras de Paco era de una hora. Más o menos a la hora y media llegamos al campamento, que supone marcar la mitad o un tercio del recorrido. Llovía bastante, así que cuando escuchamos que costaba Q35 hospedarse ahí, no tardamos ni 5 minutos en dejar las maletas en la habitación y comprar, muchas, muchas, muchas cochinaditas de la tienda. No vendían otra cosa que galletas, papas y cacahuates. La cabaña no tenía energía eléctrica ni… NADA.
Era un cuarto de madera con 2 literas, fin. Cuando la lluvia paró un poco, decidimos subir a ver la laguna, aún con todo y la neblina. Tardamos cerca de una hora en llegar al mirador. Un par de fotos, y cuando planeábamos regresar a la cabaña se soltó el aguacero. No tenía cara de que fuese a disminuir en intensidad, así que partimos enseguida… Llegamos empapados y milagrosamente, sin ninguna caída. Con muy poco que hacer además de platicar toda nuestra vida, quedamos dormidos a las 8 de la noche. Despertamos 12 horas después, es riquísimo dormir con tanto frío.
La caminata, ya de día y con la pila llena, resultó increíble. Encontramos muchísimos hongos a los que pude tomarles fotos. Esta vez, al llegar al mirador tomamos unas escaleras que nos llevarían hasta la orilla de la laguna… Ahí empezó la magia. Apenas nos encontramos frente al agua, la neblina lo cubrió todo. Rodeamos por completo el agua, caminando por la orilla. Había troncos que parecían flotar en el vacío, pues la neblina no permitía distinguir el cielo de la tierra. Allí, sumergidos entre la invisibilidad, había algunos indígenas encendiendo fuegos y amarrando flores, y al estar rodeada de montaña, sus voces resonaban en el eco de la laguna.
Llegamos a un punto donde Bokis y Paco encontraron su lugar. Un par de noches antes yo les había hablado un poco sobre su tonal, muerte y venado; sin planearlo, al disiparse un poco la bruma, notaron que estaban parados frente a 2 de los 20 letreros que rodeaban la laguna, la muerte y el venado, con su respectiva explicación. Yo vi en sus ojos, que así como cuando “adiviné” la fecha de nacimiento de Paco, creían un poco más en la magia de la vida.
Antes de partir nos sentamos un rato a disfrutar del lugar, cerramos los ojos y yo toqué el vargan por un rato… El camino a casa fue pesado, tanto que, aún cuando ayer dormí en Xela, es ahora mientras escribo estas líneas que acabo de regresar…


