Hoy, les comparto otro cuento. Esta vez fue hecho para niños; ya’unquesea los internos… De nuevo, la foto corre por cuenta de ustedes.

Sebastián, nacido en España, estaba a punto de cumplir 13 años cuando se subió en aquél barco con sus padres y su abuelo. Le dijeron que irían a un nuevo mundo recién descubierto. Que vería animales que jamás había imaginado, que probaría frutas con sabores riquísimos y que conocer aquel mundo, le daría tantas experiencias para contarle a sus amigos y a sus hijos, que lograrían hacerlo un gran hombre.

Él subió al barco muy entusiasmado, pues de grande quería ser explorador. Justo empezaba el verano. El viaje era muy largo, pero todos los días se dedicaba a ver el horizonte al amanecer y al atardecer, esperando encontrar aquél nuevo mundo. Para hacerle pasar el tiempo más rápido, el capitán del barco le enseñó sobre mapas y nudos, le contaba muchas historias de piratas y de vez en vez, cuando el día estaba soleado, lo dejaba llevar el timón por un tiempo. Cierta tarde, el capitán informó a toda la tripulación que estaban próximos a llegar, pero, que habría tormenta esa misma noche.

Aún cuando había amanecido con mucho sol, después del atardecer el cielo se llenó de nubes grises y pesadas. No tardó mucho en caer una gran tempestad que hizo enfurecer al mar y que sus olas agitaran al barco de un lado a otro. Sebastián recordaba las decenas de historias sobre piratas y naufragios que el capitán le había contado. Las olas eran gigantescas y cada vez que lograban cruzar una, parecía casi imposible lograrlo con la siguiente. Hasta que lo fue.

El chico despertó empapado y lleno de arena. Era muy tarde, seguro pasaba la media noche. Intentó recordar qué había pasado, pero después de la tormenta no logró recordar nada con claridad. Tuvo miedo. Gritó el nombre de su madre, de su padre y de su abuelo, hasta que decidió empezar a caminar por la orilla del mar. La luna estaba casi llena e iluminaba lo suficiente para que caminara sin tropezarse. Debió caminar por horas, pues de pronto, se dio cuenta que no faltaba mucho para el amanecer. Ya cansado, se sentó en una piedra a esperar que hubiese luz. Cerró los ojos, y justo cuando pensó que se quedaría dormido, un sonido que jamás había escuchado lo hizo pararse de un brinco. Era como un gran rugido, pero sereno y tranquilo. Se parecía al sonido que hacían los grandes cuernos de algunas embarcaciones extranjeras en España. Pero sin duda, era distinto. Se dio cuenta que podría ser el capitán o algún marinero intentado llamar a la gente extraviada, y corrió hacia donde lo escuchaba. A lo lejos, vio un pequeño risco y la sombra de un hombre encima. No lo dudó. Trepó por un costado sujetándose de hierbas y rocas hasta que logró alcanzarlo.

Cuando Sebastián vio a aquel hombre, no alcanzó a decir: ¡Hola!. Era un hombre con la piel morena, rojiza. Muy alto y fuerte, iba casi desnudo, y sólo una manta lo cubría de la cintura hacia abajo. Su pelo, larguísimo y lacio, tenía trenzadas plumas de muchos colores que se movían con el viento. Iba descalzo, pero de sus tobillos y muñecas colgaban pequeños caracoles brillantes. En el pecho, tenía pintado un espiral blanco. Y en su mano, llevaba una gran caracola, aún más grande que su cabeza. El hombre caminó hacia Sebastián, apoyó una rodilla en el piso y con el enorme caracol en los labios hizo salir de él ese sonido que Sebastián había escuchado antes. El niño sintió todo su cuerpo temblar hasta que poco a poco el sonido se disipó dejando sólo el silencio. El sonido de las olas chocando contra el risco fue lo que lo sacó de la paz que lo había inundado en un instante.

- Bienvenido – le dijo el hombre del espiral en el pecho. – Mi nombre es Ehecacuauhtli, el águila del viento. ¿Cuál es tu nombre, pequeño?

- Sebastián – alcanzó a decir el niño.

- Tú no perteneces a este mundo, pero ya que has llegado en este momento preciso, es mi deber entonces saludar al sol contigo – el hombre se volteó y arrodillado, mirando al mar, hizo sonar una vez más su caracol. Apenas se alcanzó el silencio, un agudo chirrido zumbó en la parte inferior del risco y sonando por segunda vez, acompañó a una gran ave que tras algunos aleteos, se posó en el antebrazo de Ehecacuauhtli.

- Ya ha salido el sol, después de su lucha con la noche. Ya lo hemos recibido con el sonido del atecocolli, y ahora, se alzará hasta llegar a su punto más alto, volando como un águila. Como esta que ahora se ha posado en mi antebrazo – Sebastián estaba fascinado, el ave era enorme y lo veía fijamente con sus brillantes ojos, quería tocarla, pero tenía miedo. Entonces, como si le hubiese leído el pensamiento, el águila alzó el vuelo en un solo aleteo y se posó en Sebastián, que alzó el antebrazo por inercia.

- ¡Mira nada más! Está segura de que debes seguir al sol por el rumbo del Sur. Tienes una gran oportunidad de aprender muchas cosas, Sebastián.

- ¿Quién está segura?

- Ella, nuestra hermana el ave, ¿quién más? Y te acompañará cuando lo necesites en tu camino, pero por ahora, debes partir.

- Pero… ¿Partir a dónde? Ni siquiera sé dónde está mi familia.

- En su camino por esta tierra, el Sol nace en el mar de Oriente pintando el cielo de amarillo, y después, vuela hacia el costado Sur, llegando a su punto más alto a mitad del día. Debes seguir al Sol, Sebastián. Y tal vez, cuando descubras tu siguiente punto en este camino, obtengas más respuestas. Irás por ese camino – dijo el hombre señalando un sendero – y caminarás hasta que Sol esté en el centro del cielo. Sabrás que has llegado cuando te reciban unos animales muy ruidosos y juguetones – Sebastián sentía una fuerte presión en el pecho, y por un momento no pudo respirar. Miraba a Ehecacuauhtli, quien parecía saber lo que sucedía en su interior.

- Tranquilo pequeño. A veces el aire no falta para adentro, sino para afuera. Entonces, permite que el viento se lleve ese falso vacío en forma de flores de palabras. Como el Sol al nacer, que busca iluminarnos el rostro para anunciarnos un nuevo día, que brinda calor, que hace que todo despierte, hay que lograr que nuestra palabra sea igual. Que nuestra lengua sea un sol que ilumina y emana calor con todo el aire que sale de nuestro interior. Al nacer, nos inundamos de ese aliento, el ihiyotl de la vida, es nuestro deber entonces, repartir toda esa belleza que nos inundó al llegar a este mundo en el tiempo que nos toque vivir.

El niño no supo qué decir, las palabras de Ehecacuauhtli le habían causado el mismo efecto que el sonido de su caracola, una paz interna, una vibración en todo su cuerpo que poco a poco fue cesando. Tenía los ojos cerrados, y al abrirlos, Ehecacuauhtli le ofrecía la caracola con sus manos.

- Tómala y sopla dentro de ella, y en ese soplo envía todo lo que no has dicho – como si supiera lo que hacía, Sebastián tomó el atecocolli lo coloco en sus labios y sopló. Sopló y en su mente vio pasar no sólo a sus padres y su abuelo, sino también, al capitán que le había enseñado sobre mapas, a un marinero que lo levantó cuando cierta vez se tropezó en el barco, a sus amigos en España, a su familia lejana, a su vecina, al caballo de su abuelo, a su perro. Y a todos ellos, con el caracol les dijo: te quiero.

- Recuerda, Sebastián. Que las palabras deben ser flores que acaricien a tus hermanos. Ahora, llévalo contigo – Ehecacuauhtli se acercó a él, y unió sus manos a las de Sebastián tocando el caracol, viéndolo a los ojos y diciendo en voz baja pero muy clara: “Esto que era mío pero no lo era, ahora es tuyo pero no lo es, pórtalo el tiempo que lo necesites”.

- Es hora de partir, niño – Ehecacuauhtli dio media vuelta, y sin decir más se aventó al mar desde la cima del risco, y como si estuviese hipnotizado, Sebastián emprendió su camino hacia el Sur.

Y yo también… Huehuetenango, ya voy.