Hoy la foto la creará cada lector.

Pasé mi niñez en un cuchitril con mi abuela. Ella era florista. Mi abuela me enseñó tanto, que nunca dejé de aprender y aún fuera de la casa o el vivero, siempre extrañé su olor.

Empecé a trabajar con ella a los 3 años. Sin alejarme mucho de su vista, le ofrecía rosas rojas a las parejas que reían bebiendo cerveza y a las que lloraban frente a una botella de tinto. Me encantaba trabajar en el malecón. La mar me hacía sentir acompañada y la brisa parecía gustarle incluso a las flores. Un día, mi abuela vio el deseo en mis ojos mientras yo observaba a un niño volar un papalote; al llegar a casa me enseñó que la luna hace las ramas duras y que las flores pueden volar. Qué bonito era mi cometa de girasoles, flotando toda la mañana en una lentísima pirueta aérea de pétalos empecinados en seguir al sol.

Había días que trabajabamos de día y otros de noche, mi abuela contaba el tiempo de una forma muy distinta y conforme crecí, poco a poco entendí lo que mi abuela llamaba “la brujería de las flores”. Todos los días antes de salir o al llegar a casa, dábamos un recorrido por el vivero; me enseñó que algunas flores tienen sed de noche, y otras de día, que algunas florecen para el sol y otras tantas a la luna. Me mostró la sensibilidad de sus pétalos, y el humor de cada una, y no fue hasta los 9 que me enseñó a cortar la primera. Preparar la canasta fue el primer ritual que aprendí. Primero la cama de pino y helecho, luego las flores. Las rojas frente a las amarillas, rodeadas de las azules y las blancas, al centro el pan y el cantarito con agua. Crecí envuelta en flores y callejones. Y poco a poco mi abuela me enseñó a sembrar, a cantarles y a danzar.

Tenía 13 cuando la guerra empezó y a todos nos llevó el carajo. Cuando se iniciaron los tiros, el malecón quedó prohibido y sobre él volaban papalotes asesinos. La casa estaba fuera del bullicio citadino, pero en las noches, las bombas y los gritos cimbraban las ventanas. La gente empezó a comprar flores llorando. Primero un ramo y luego una. Llegó a ser tan difícil vender flores que decidimos quedarnos en casa un tiempo. Podíamos beber del pozo, y teníamos pan y conejos.

Un día salimos a tender las sábanas, y tras un zumbido en el cielo, mi abuela escupió un clavel rojo sobre la tela blanca. Murió tranquila, con una gran sonrisa; jamás sentí miedo en su mirada o en su andar. La enterré yo misma, y sobre ella sembré alcatraces a manera de altar. Las flores lloraron toda la noche, pero nadie hubiese podido distinguir entre lágrimas y rocío. Yo les dije que la guerra pasaría y la sangre formaría el abono capaz de hacerlas crecer en la ciudad. Alisté la canasta, pero al centro no puse pan, en su lugar puse semillas.

Recorrí las calles y callejones, y en cada esquinita de tierra acomodaba una semilla. Hice de mi caminata un ritual. Cerca del cementerio sembré alcatraces, margaritas, pompones y unas flores blancas muy extrañas que mi abuela decía venían de lejos. Estaba segura que cada que sumía una semilla en la tierra, un corazón dejaba de latir para fertilizar el suelo con su sangre. Crucé la ciudad en línea recta hasta toparme con las dunas, llenas de zarzas, hiedras y plantas de espina. Ahí planté pensamientos y hortensias azules, azafrán y lirios, soñando con un tiempo en que las dunas se pintaran de azul. Al atardecer seguí al sol, cual si fuese camino a casa. Sembré flores guerrilleras, tan rojas como la sangre. Claveles y rosas, armadas de tiempo, de belleza efímera. Las flores cantaban, pero los cañones aplastaron su palabra. Llovía.

Corrí hasta el malecón, inundado de cuerpos acomodados en montañas por las que nacería un nuevo sol tarde o temprano. Sólo me quedaban semillas de girasol, y las regué frente al mar, al nacer, ellas nos avisarían cuando se acercara el nuevo amanecer, las flores siempre sabían. Vi el mar, teñido de rojo. Estallé en llanto y solté un alarido que debió despertar al guardia, y el cántaro con agua en mi mano, embarrado de lodo, debió simular una granada. Tres tiros y me dejé caer sobre el campo de futuros girasoles. Morí sonriendo, pues mi abuela siempre dijo: “las flores se dejan en vida, no se llevan a la muerte”. Yo ya había regado todas las semillas y por eso solté la canasta.

Este pequeño cuento lo escribió alguien dentro de mí, en Octubre del 2009. Hoy, mientras leía las noticias, lo recordé.

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