Mientras me acercarban un puñado de tabaco… -A la montaña no se sube buscando poder- me dijeron cierto día. Se pide permiso y se sube con respeto, sin miedo. Allí, vas a integrarte con todo, a desaparecer, pues el camino es de quien se va borrando. Ni una sola mentira, para subir una montaña hay que hacerlo como agua que desciende, suave.

Tras dejar el puñado de tabaco bajo una piedra, subí mi primera montaña en silencio. Y al llegar a la cima, me sentí enormemente pequeño. Rodeado de más montañas, abrazado. La montaña centra. Ordena la naturaleza de modo que descubres la debilidad del cuerpo, comparable a una hormiga, y la fuerza del espíritu, un cúmulo de sueños y esfuerzos que simula mares y universos.

Una montaña es un enorme corazón, latente. Sabio por la paciencia de saber esperar y de mantenerse inamovible. Tiene la fortaleza en sus raíces y su belleza en la cima. Una montaña vive por todo lo que vive en ella. Vive por y para todo. Tepeyolohtli, el corazón de la montaña.

En la actualidad, puede ser que nos parezca que estamos antre una enorme montaña de mierda, pero como cualquier otra, no la conoceremos hasta alcanzar su cima. Perseveremos. No se puede callar el viento, hablemos para alimentar el fuego de nuestra voluntad, para recobrar la tierra o más bien, para recobrarnos a nosotros mismos en nuestra tierra, fluyamos como el agua del río y regresemos a la mar. Para conquistar la montaña, debes ser ella. Debemos ser todos.

Sigan tirando balas, seguiremos escribiendo poemas y canciones… Escribiendo mientras escalamos la montaña.