Un perro. Bastante sucio y mal comido. Un perro de aquellos que parece cumplir con el uso más triste de la frase “lleva una vida de perro”. Cuatro patas de pura mugre que hace enternecer los corazones activistas y horroriza a las señoras de copete alto. Con la cámara en el ojo, enfocaba un tronco tirado en la playa cuando escuché un algo a mis espaldas, volteé sin quitarme la cámara y apreté el botón sin pensarlo. Parecía que iba a llover y ya no había nada ahí, sólo un montón de piedras y ramas, pero la imagen había robado el alma del instante. La aprecié en la cámara. Busqué por un buen rato algo en la foto, pero no sabía qué era. Es más, no lo buscaba, estaba ahí pero no podía verlo. Nadie lo sabe -hasta ahora-, pero atrás está el mar, rompiéndose contra mil troncos abandonados a su suerte, condenados a flotar húmedos o encallar. Troncos-perro, que si tuviesen orejas también estarían altas para escuchar a las olas y a los 5 cachorros que rondaban la playa, destinados a buscar un hogar o vagar por siempre.

Aún hoy en día, mientras recuerdo el instante al ver la foto, dudo de su animalidad. Debe ser su mirada fija, objetiva. El porte, el que no le importen las costillas marcadas y el corazón casi expuesto. Debe ser que el perro es como las manzanas, simplemente es lo que es. El perro se ha aceptado y él, a diferencia nuestra, ya ha perdido la forma. Su destino lo ha alcanzado y le es fiel, pues los perros siempre son fieles. Debe ser que no le preocupa tener casa o no tenerla, pues su hogar va consigo mismo. Además, los perros siempre regresan a casa o siempre están en el. Debe ser entonces que el perro sabe todo esto y es sabio, o tal vez no sabe nada, y también lo es. Debe ser que el perro no es perro, es un nahual. Es un espejo, soy yo.

El 26 de Noviembre del 2008 le robé el alma a este instante, y decidí que era mi primera fotografía tal cual quería tomarla, sin pensar. Nunca más volví a ver al viejo nahual. No en esa forma.

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