Archivos para el mes de: mayo, 2011

Me habían dicho que el viaje de Huehuetenango a Quetzaltenango era de 2 horas; también me dijeron que era de 1 hora y media, o de 3, a veces de 3 y media. Intenté dormir en el camino, pero no pude. La carretera era bastante sinuosa, y yo iba al fondo del camión lo que hacía que en cada curva azotara contra mi mochila -que iba junto a la ventanilla- o contra mi pasajero vecino al otro lado del pasillo. Cuando llegué a Xela – otro nombre de Quetzaltenango en quiché, que en realidad es Xelahu, Xelajú, Xelahub, etc – yo ya había perdido la noción del tiempo y como estaba muy oscuro, pensé que eran las 10 de la noche, pero no, apenas eran las 7:30 pm y me di cuenta que la hora en Guatemala está retrasada 60 minutos en comparación con México. Llamé a Paco -mi couch de Xela- desde la estación de autobuses y me indicó que tomara un taxi a una zona cercana de donde estaba.

Paco tiene 25, es más alto que yo, tiene el pelo bastante rizado y corto, y en general, es a toda madre. Lo primero que me dijo después de saludarnos-presentarnos fue: “Vamos casa de un cuate que estamos con unos maras”. Yo no sé si todos aprietan el alma al escuchar eso, pero yo lo hice. Para mí, el significado de “mara” era un cabroncete tatuado de todos lados con ganas de intercambiar mis órganos por crack. El caso es que, una vez relajada el alma, entendí que “mara” es la forma en la que se refieren a “la banda”… Buen primer susto. Allá en esa casita a unos cincuenta metros de donde conocí a Paco, me presentaron al hermano de Paco, Miguel, a “El Negro” y más tarde a “El Basura” -por que se queda tirado en todas partes, jajaja-, todos estos maras, a todísima madre. Salimos a cenar y entonces conocí a “El Muppet”, “El Bokis”; pasó a saludar “El Tamal” y poco después “El Shaggy” nos dio un aventón a casa. Aún no terminaba de acomodar la mochila cuando la música ya estaba encendida. Yo ya conocía la cañita quetzalteca, pero la nueva presentación con rosa de jamaica, está riquísima.

Al día siguiente, Paco me acompañó a recorrer un poco Xela. Conocí lo básico para sobrevivir en mi viaje: el mercado para comer y el lugar donde puedo robar internet -aquí estoy-. Paco parece la reina de carnaval Couchsurfing de Xela, por la calle saluda gente de todos lados que alguna vez hospedó o con quienes compartió un par de chelas -Gallo, por supuesto-. Era la final de la champions; la mara se reunió a verlo en casa de Paco, y yo vine al “&CAFÉ” a escribir el post anterior. La tormenta que cayó ese día, canceló nuestros planes para subir a la laguna de Chicabal esa misma tarde, así que la pospusimos. Una vez que se calmó la tormenta, regresé a casa y subimos una montaña que está atrás de casa de Paco, el clima es delicioso y es increíble que 200 metros atrás de un fraccionamiento pueda haber tanta vegetación y pájaros. De paso, conocí a “El Volovan”. La idea era no dormir tan tarde, pues al otro día partiríamos hacia el volcán, así que disfrutamos de la falta de energía eléctrica en casa platicando en los sofá, hasta que Paco, Bokis y yo, nos quedamos dormidos.

Chicabal y la gente de la niebla

Aún cuando no nos desvelamos demasiado, no partimos tan temprano… Tras tomar el camión hacia San Martín Chile Verde, empezó la lluvia, era obvio -chicnahui quiahuitl- que llovería. Truenos incluidos. Bajamos en la desviación que lleva hacia el volcán, compramos tres pedazos de plástico, uno amarillo para Bokis, otro esmeralda para Paco y el azul para mí. La caminata, en palabras de Paco era de una hora. Más o menos a la hora y media llegamos al campamento, que supone marcar la mitad o un tercio del recorrido. Llovía bastante, así que cuando escuchamos que costaba Q35 hospedarse ahí, no tardamos ni 5 minutos en dejar las maletas en la habitación y comprar, muchas, muchas, muchas cochinaditas de la tienda. No vendían otra cosa que galletas, papas y cacahuates. La cabaña no tenía energía eléctrica ni… NADA. Era un cuarto de madera con 2 literas, fin. Cuando la lluvia paró un poco, decidimos subir a ver la laguna, aún con todo y la neblina. Tardamos cerca de una hora en llegar al mirador. Un par de fotos, y cuando planeábamos regresar a la cabaña se soltó el aguacero. No tenía cara de que fuese a disminuir en intensidad, así que partimos enseguida… Llegamos empapados y milagrosamente, sin ninguna caída. Con muy poco que hacer además de platicar toda nuestra vida, quedamos dormidos a las 8 de la noche. Despertamos 12 horas después, es riquísimo dormir con tanto frío.

La caminata, ya de día y con la pila llena, resultó increíble. Encontramos muchísimos hongos a los que pude tomarles fotos. Esta vez, al llegar al mirador tomamos unas escaleras que nos llevarían hasta la orilla de la laguna… Ahí empezó la magia. Apenas nos encontramos frente al agua, la neblina lo cubrió todo. Rodeamos por completo el agua, caminando por la orilla. Había troncos que parecían flotar en el vacío, pues la neblina no permitía distinguir el cielo de la tierra. Allí, sumergidos entre la invisibilidad, había algunos indígenas encendiendo fuegos y amarrando flores, y al estar rodeada de montaña, sus voces resonaban en el eco de la laguna.

Llegamos a un punto donde Bokis y Paco encontraron su lugar. Un par de noches antes yo les había hablado un poco sobre su tonal, muerte y venado; sin planearlo, al disiparse un poco la bruma, notaron que estaban parados frente a 2 de los 20 letreros que rodeaban la laguna, la muerte y el venado, con su respectiva explicación. Yo vi en sus ojos, que así como cuando “adiviné” la fecha de nacimiento de Paco, creían un poco más en la magia de la vida.

Antes de partir nos sentamos un rato a disfrutar del lugar, cerramos los ojos y yo toqué el vargan por un rato… El camino a casa fue pesado, tanto que, aún cuando ayer dormí en Xela, es ahora mientras escribo estas líneas que acabo de regresar…

No era muy temprano, pero en la casa EDELO, todos dormían. Tomé un baño, terminé de ajustar las maletas y partí. Tal vez no pude despedirme como hubiese querido, pero partí. Crucé buena parte del centro de San Cristobal de las Casas; recuerdo que la idea era pasar “unos días” por esa ciudad, y con el tiempo todo se ajustó en casi cinco semanas, incluyendo la inesperada visita a Veracruz. ¡Qué buena tormenta se acaba de soltar en Quetzaltenango!… En fin, les decía, subí a una combi que me llevaría a Comitán. Un par de horas más tarde tomé el que me llevó a Ciudad Cuauhtemoc. Sellé mi pasaporte de salida, tomé un taxi hacia “la raya”, sellé mi pasaporte de entrada, cambié todos mis pesos mexicanos a quetzales, y tomé una combi hacia Huehuetenango, al que llegué después de 3 horas de buena plática con Octavio, el chofer. Me llamó la atención una anécdota sobre su suegro, quien encontró algunos metates en un terreno cuya tierra empezaba a trabajar.

Al llegar a Huehue, tomé un camión hacia la Zona 1 – Centro y donde creí que debía bajarme, me bajé. Llamé a Carlos, un couchsurfer que había quedado en recibirme y resultó vivir 2 cuadras abajo de donde estaba. Lo alcancé y me recibió en casa junto con Daniela, Josué y Oralia. Carlos es panadero así que de entrada, ese día cené pastel. Delicioso. Al día siguiente -ayer- visitamos Zaculeu, una zona arqueológica que aún cuando es muy pequeña, me encantó. Carlos pidió dos boletos guatemaltecos de 5Q, ya que los de turista cuestan 50Q -unos 75 pesos-.

La zona estaba limpísima y casi vacía, la ciudad se podía apreciar desde la cima de los templos y a sus costados había unas pequeñas zonas boscosas. Algo que debo hacer notar, es que la textura de los templos es muy distinta, pues acá su recubrimiento parece haberse conservado con los años. Así que son casi perfectas, lisitas. Hay una que me llamo la atención en especial, la llaman “Pirámide del sacrificio”, pues dicen que en el ombligo que tiene a la mitad de su escalinata, se depositaba la sangre y corazones de los que ofrendarían su vida para que el sol naciera todos los días…

Regresamos con camino hacia el mercado y de paso me compré una bolsita de dulces que -recuérdenme a mi madre- no recuerdo su nombre, pero estaban riquísimos, hechos de piloncillo, que por cierto… ¡Bien! aún traía algunos en la maleta de la cámara y ya me estoy comiendo uno. Después comimos un caldazo por sólo 15Q. Los caracoles de mis orejas tienden a llamar la atención, pero ahora sí que comí siendo observado. Por cierto, un dato, las tortillas acá en Guatemala parecen bocolitos, son pequeñas y bastante más gruesas que las mexicanas. Deliciosas, también.

Tras descansar un poco en casa, nos despedimos. Hogares de una noche… Extraño, pero fascinante. Tomé un camión hacia un puente donde tomé otro hacia Quetzaltenango, también llamado Xela-hu. Acá me recibió Francisco. Pero esa, será una historia que contaré después, tal vez cuando deje mi segundo hogar de una noche.

Este post lo escribí muy rápido, pues la tormenta ya había cortado la luz un par de veces. Espero no se lea demasiado acelerado.


Hoy, les comparto otro cuento. Esta vez fue hecho para niños; ya’unquesea los internos… De nuevo, la foto corre por cuenta de ustedes.

Sebastián, nacido en España, estaba a punto de cumplir 13 años cuando se subió en aquél barco con sus padres y su abuelo. Le dijeron que irían a un nuevo mundo recién descubierto. Que vería animales que jamás había imaginado, que probaría frutas con sabores riquísimos y que conocer aquel mundo, le daría tantas experiencias para contarle a sus amigos y a sus hijos, que lograrían hacerlo un gran hombre.

Él subió al barco muy entusiasmado, pues de grande quería ser explorador. Justo empezaba el verano. El viaje era muy largo, pero todos los días se dedicaba a ver el horizonte al amanecer y al atardecer, esperando encontrar aquél nuevo mundo. Para hacerle pasar el tiempo más rápido, el capitán del barco le enseñó sobre mapas y nudos, le contaba muchas historias de piratas y de vez en vez, cuando el día estaba soleado, lo dejaba llevar el timón por un tiempo. Cierta tarde, el capitán informó a toda la tripulación que estaban próximos a llegar, pero, que habría tormenta esa misma noche.

Aún cuando había amanecido con mucho sol, después del atardecer el cielo se llenó de nubes grises y pesadas. No tardó mucho en caer una gran tempestad que hizo enfurecer al mar y que sus olas agitaran al barco de un lado a otro. Sebastián recordaba las decenas de historias sobre piratas y naufragios que el capitán le había contado. Las olas eran gigantescas y cada vez que lograban cruzar una, parecía casi imposible lograrlo con la siguiente. Hasta que lo fue.

El chico despertó empapado y lleno de arena. Era muy tarde, seguro pasaba la media noche. Intentó recordar qué había pasado, pero después de la tormenta no logró recordar nada con claridad. Tuvo miedo. Gritó el nombre de su madre, de su padre y de su abuelo, hasta que decidió empezar a caminar por la orilla del mar. La luna estaba casi llena e iluminaba lo suficiente para que caminara sin tropezarse. Debió caminar por horas, pues de pronto, se dio cuenta que no faltaba mucho para el amanecer. Ya cansado, se sentó en una piedra a esperar que hubiese luz. Cerró los ojos, y justo cuando pensó que se quedaría dormido, un sonido que jamás había escuchado lo hizo pararse de un brinco. Era como un gran rugido, pero sereno y tranquilo. Se parecía al sonido que hacían los grandes cuernos de algunas embarcaciones extranjeras en España. Pero sin duda, era distinto. Se dio cuenta que podría ser el capitán o algún marinero intentado llamar a la gente extraviada, y corrió hacia donde lo escuchaba. A lo lejos, vio un pequeño risco y la sombra de un hombre encima. No lo dudó. Trepó por un costado sujetándose de hierbas y rocas hasta que logró alcanzarlo.

Cuando Sebastián vio a aquel hombre, no alcanzó a decir: ¡Hola!. Era un hombre con la piel morena, rojiza. Muy alto y fuerte, iba casi desnudo, y sólo una manta lo cubría de la cintura hacia abajo. Su pelo, larguísimo y lacio, tenía trenzadas plumas de muchos colores que se movían con el viento. Iba descalzo, pero de sus tobillos y muñecas colgaban pequeños caracoles brillantes. En el pecho, tenía pintado un espiral blanco. Y en su mano, llevaba una gran caracola, aún más grande que su cabeza. El hombre caminó hacia Sebastián, apoyó una rodilla en el piso y con el enorme caracol en los labios hizo salir de él ese sonido que Sebastián había escuchado antes. El niño sintió todo su cuerpo temblar hasta que poco a poco el sonido se disipó dejando sólo el silencio. El sonido de las olas chocando contra el risco fue lo que lo sacó de la paz que lo había inundado en un instante.

- Bienvenido – le dijo el hombre del espiral en el pecho. – Mi nombre es Ehecacuauhtli, el águila del viento. ¿Cuál es tu nombre, pequeño?

- Sebastián – alcanzó a decir el niño.

- Tú no perteneces a este mundo, pero ya que has llegado en este momento preciso, es mi deber entonces saludar al sol contigo – el hombre se volteó y arrodillado, mirando al mar, hizo sonar una vez más su caracol. Apenas se alcanzó el silencio, un agudo chirrido zumbó en la parte inferior del risco y sonando por segunda vez, acompañó a una gran ave que tras algunos aleteos, se posó en el antebrazo de Ehecacuauhtli.

- Ya ha salido el sol, después de su lucha con la noche. Ya lo hemos recibido con el sonido del atecocolli, y ahora, se alzará hasta llegar a su punto más alto, volando como un águila. Como esta que ahora se ha posado en mi antebrazo – Sebastián estaba fascinado, el ave era enorme y lo veía fijamente con sus brillantes ojos, quería tocarla, pero tenía miedo. Entonces, como si le hubiese leído el pensamiento, el águila alzó el vuelo en un solo aleteo y se posó en Sebastián, que alzó el antebrazo por inercia.

- ¡Mira nada más! Está segura de que debes seguir al sol por el rumbo del Sur. Tienes una gran oportunidad de aprender muchas cosas, Sebastián.

- ¿Quién está segura?

- Ella, nuestra hermana el ave, ¿quién más? Y te acompañará cuando lo necesites en tu camino, pero por ahora, debes partir.

- Pero… ¿Partir a dónde? Ni siquiera sé dónde está mi familia.

- En su camino por esta tierra, el Sol nace en el mar de Oriente pintando el cielo de amarillo, y después, vuela hacia el costado Sur, llegando a su punto más alto a mitad del día. Debes seguir al Sol, Sebastián. Y tal vez, cuando descubras tu siguiente punto en este camino, obtengas más respuestas. Irás por ese camino – dijo el hombre señalando un sendero – y caminarás hasta que Sol esté en el centro del cielo. Sabrás que has llegado cuando te reciban unos animales muy ruidosos y juguetones – Sebastián sentía una fuerte presión en el pecho, y por un momento no pudo respirar. Miraba a Ehecacuauhtli, quien parecía saber lo que sucedía en su interior.

- Tranquilo pequeño. A veces el aire no falta para adentro, sino para afuera. Entonces, permite que el viento se lleve ese falso vacío en forma de flores de palabras. Como el Sol al nacer, que busca iluminarnos el rostro para anunciarnos un nuevo día, que brinda calor, que hace que todo despierte, hay que lograr que nuestra palabra sea igual. Que nuestra lengua sea un sol que ilumina y emana calor con todo el aire que sale de nuestro interior. Al nacer, nos inundamos de ese aliento, el ihiyotl de la vida, es nuestro deber entonces, repartir toda esa belleza que nos inundó al llegar a este mundo en el tiempo que nos toque vivir.

El niño no supo qué decir, las palabras de Ehecacuauhtli le habían causado el mismo efecto que el sonido de su caracola, una paz interna, una vibración en todo su cuerpo que poco a poco fue cesando. Tenía los ojos cerrados, y al abrirlos, Ehecacuauhtli le ofrecía la caracola con sus manos.

- Tómala y sopla dentro de ella, y en ese soplo envía todo lo que no has dicho – como si supiera lo que hacía, Sebastián tomó el atecocolli lo coloco en sus labios y sopló. Sopló y en su mente vio pasar no sólo a sus padres y su abuelo, sino también, al capitán que le había enseñado sobre mapas, a un marinero que lo levantó cuando cierta vez se tropezó en el barco, a sus amigos en España, a su familia lejana, a su vecina, al caballo de su abuelo, a su perro. Y a todos ellos, con el caracol les dijo: te quiero.

- Recuerda, Sebastián. Que las palabras deben ser flores que acaricien a tus hermanos. Ahora, llévalo contigo – Ehecacuauhtli se acercó a él, y unió sus manos a las de Sebastián tocando el caracol, viéndolo a los ojos y diciendo en voz baja pero muy clara: “Esto que era mío pero no lo era, ahora es tuyo pero no lo es, pórtalo el tiempo que lo necesites”.

- Es hora de partir, niño – Ehecacuauhtli dio media vuelta, y sin decir más se aventó al mar desde la cima del risco, y como si estuviese hipnotizado, Sebastián emprendió su camino hacia el Sur.

Y yo también… Huehuetenango, ya voy.

Hoy la foto la creará cada lector.

Pasé mi niñez en un cuchitril con mi abuela. Ella era florista. Mi abuela me enseñó tanto, que nunca dejé de aprender y aún fuera de la casa o el vivero, siempre extrañé su olor.

Empecé a trabajar con ella a los 3 años. Sin alejarme mucho de su vista, le ofrecía rosas rojas a las parejas que reían bebiendo cerveza y a las que lloraban frente a una botella de tinto. Me encantaba trabajar en el malecón. La mar me hacía sentir acompañada y la brisa parecía gustarle incluso a las flores. Un día, mi abuela vio el deseo en mis ojos mientras yo observaba a un niño volar un papalote; al llegar a casa me enseñó que la luna hace las ramas duras y que las flores pueden volar. Qué bonito era mi cometa de girasoles, flotando toda la mañana en una lentísima pirueta aérea de pétalos empecinados en seguir al sol.

Había días que trabajabamos de día y otros de noche, mi abuela contaba el tiempo de una forma muy distinta y conforme crecí, poco a poco entendí lo que mi abuela llamaba “la brujería de las flores”. Todos los días antes de salir o al llegar a casa, dábamos un recorrido por el vivero; me enseñó que algunas flores tienen sed de noche, y otras de día, que algunas florecen para el sol y otras tantas a la luna. Me mostró la sensibilidad de sus pétalos, y el humor de cada una, y no fue hasta los 9 que me enseñó a cortar la primera. Preparar la canasta fue el primer ritual que aprendí. Primero la cama de pino y helecho, luego las flores. Las rojas frente a las amarillas, rodeadas de las azules y las blancas, al centro el pan y el cantarito con agua. Crecí envuelta en flores y callejones. Y poco a poco mi abuela me enseñó a sembrar, a cantarles y a danzar.

Tenía 13 cuando la guerra empezó y a todos nos llevó el carajo. Cuando se iniciaron los tiros, el malecón quedó prohibido y sobre él volaban papalotes asesinos. La casa estaba fuera del bullicio citadino, pero en las noches, las bombas y los gritos cimbraban las ventanas. La gente empezó a comprar flores llorando. Primero un ramo y luego una. Llegó a ser tan difícil vender flores que decidimos quedarnos en casa un tiempo. Podíamos beber del pozo, y teníamos pan y conejos.

Un día salimos a tender las sábanas, y tras un zumbido en el cielo, mi abuela escupió un clavel rojo sobre la tela blanca. Murió tranquila, con una gran sonrisa; jamás sentí miedo en su mirada o en su andar. La enterré yo misma, y sobre ella sembré alcatraces a manera de altar. Las flores lloraron toda la noche, pero nadie hubiese podido distinguir entre lágrimas y rocío. Yo les dije que la guerra pasaría y la sangre formaría el abono capaz de hacerlas crecer en la ciudad. Alisté la canasta, pero al centro no puse pan, en su lugar puse semillas.

Recorrí las calles y callejones, y en cada esquinita de tierra acomodaba una semilla. Hice de mi caminata un ritual. Cerca del cementerio sembré alcatraces, margaritas, pompones y unas flores blancas muy extrañas que mi abuela decía venían de lejos. Estaba segura que cada que sumía una semilla en la tierra, un corazón dejaba de latir para fertilizar el suelo con su sangre. Crucé la ciudad en línea recta hasta toparme con las dunas, llenas de zarzas, hiedras y plantas de espina. Ahí planté pensamientos y hortensias azules, azafrán y lirios, soñando con un tiempo en que las dunas se pintaran de azul. Al atardecer seguí al sol, cual si fuese camino a casa. Sembré flores guerrilleras, tan rojas como la sangre. Claveles y rosas, armadas de tiempo, de belleza efímera. Las flores cantaban, pero los cañones aplastaron su palabra. Llovía.

Corrí hasta el malecón, inundado de cuerpos acomodados en montañas por las que nacería un nuevo sol tarde o temprano. Sólo me quedaban semillas de girasol, y las regué frente al mar, al nacer, ellas nos avisarían cuando se acercara el nuevo amanecer, las flores siempre sabían. Vi el mar, teñido de rojo. Estallé en llanto y solté un alarido que debió despertar al guardia, y el cántaro con agua en mi mano, embarrado de lodo, debió simular una granada. Tres tiros y me dejé caer sobre el campo de futuros girasoles. Morí sonriendo, pues mi abuela siempre dijo: “las flores se dejan en vida, no se llevan a la muerte”. Yo ya había regado todas las semillas y por eso solté la canasta.

Este pequeño cuento lo escribió alguien dentro de mí, en Octubre del 2009. Hoy, mientras leía las noticias, lo recordé.

Mientras me acercarban un puñado de tabaco… -A la montaña no se sube buscando poder- me dijeron cierto día. Se pide permiso y se sube con respeto, sin miedo. Allí, vas a integrarte con todo, a desaparecer, pues el camino es de quien se va borrando. Ni una sola mentira, para subir una montaña hay que hacerlo como agua que desciende, suave.

Tras dejar el puñado de tabaco bajo una piedra, subí mi primera montaña en silencio. Y al llegar a la cima, me sentí enormemente pequeño. Rodeado de más montañas, abrazado. La montaña centra. Ordena la naturaleza de modo que descubres la debilidad del cuerpo, comparable a una hormiga, y la fuerza del espíritu, un cúmulo de sueños y esfuerzos que simula mares y universos.

Una montaña es un enorme corazón, latente. Sabio por la paciencia de saber esperar y de mantenerse inamovible. Tiene la fortaleza en sus raíces y su belleza en la cima. Una montaña vive por todo lo que vive en ella. Vive por y para todo. Tepeyolohtli, el corazón de la montaña.

En la actualidad, puede ser que nos parezca que estamos antre una enorme montaña de mierda, pero como cualquier otra, no la conoceremos hasta alcanzar su cima. Perseveremos. No se puede callar el viento, hablemos para alimentar el fuego de nuestra voluntad, para recobrar la tierra o más bien, para recobrarnos a nosotros mismos en nuestra tierra, fluyamos como el agua del río y regresemos a la mar. Para conquistar la montaña, debes ser ella. Debemos ser todos.

Sigan tirando balas, seguiremos escribiendo poemas y canciones… Escribiendo mientras escalamos la montaña. 

Un perro. Bastante sucio y mal comido. Un perro de aquellos que parece cumplir con el uso más triste de la frase “lleva una vida de perro”. Cuatro patas de pura mugre que hace enternecer los corazones activistas y horroriza a las señoras de copete alto. Con la cámara en el ojo, enfocaba un tronco tirado en la playa cuando escuché un algo a mis espaldas, volteé sin quitarme la cámara y apreté el botón sin pensarlo. Parecía que iba a llover y ya no había nada ahí, sólo un montón de piedras y ramas, pero la imagen había robado el alma del instante. La aprecié en la cámara. Busqué por un buen rato algo en la foto, pero no sabía qué era. Es más, no lo buscaba, estaba ahí pero no podía verlo. Nadie lo sabe -hasta ahora-, pero atrás está el mar, rompiéndose contra mil troncos abandonados a su suerte, condenados a flotar húmedos o encallar. Troncos-perro, que si tuviesen orejas también estarían altas para escuchar a las olas y a los 5 cachorros que rondaban la playa, destinados a buscar un hogar o vagar por siempre.

Aún hoy en día, mientras recuerdo el instante al ver la foto, dudo de su animalidad. Debe ser su mirada fija, objetiva. El porte, el que no le importen las costillas marcadas y el corazón casi expuesto. Debe ser que el perro es como las manzanas, simplemente es lo que es. El perro se ha aceptado y él, a diferencia nuestra, ya ha perdido la forma. Su destino lo ha alcanzado y le es fiel, pues los perros siempre son fieles. Debe ser que no le preocupa tener casa o no tenerla, pues su hogar va consigo mismo. Además, los perros siempre regresan a casa o siempre están en el. Debe ser entonces que el perro sabe todo esto y es sabio, o tal vez no sabe nada, y también lo es. Debe ser que el perro no es perro, es un nahual. Es un espejo, soy yo.

El 26 de Noviembre del 2008 le robé el alma a este instante, y decidí que era mi primera fotografía tal cual quería tomarla, sin pensar. Nunca más volví a ver al viejo nahual. No en esa forma.

Hay quien dice que la casa es donde uno tiene el corazón, y está en lo cierto. Pero quien dice que el hogar -sea cual sea el espacio al que se haya bautizado con ese nombre- brinda un calor inigualable, también habla con la verdad.

La casa de mi corazón siempre estará conmigo -a menos que ahora que pienso convertirme en pirata, sea una especie de Davy Jones mexicano con más cara de tortuga que de pulpo-. Mi espacio personal, antes llamado departamento playero desordenado pero muy mío, ha dejado de existir, pero el ritmo dinámico que ha tomado el despertar en lugares distintos de vez en cuando, no me afecta nada, todo lo contrario: me encanta. ¿Les ha pasado que a veces tienen una borrachera tan pesada que al despertar no saben dónde se encuentran? También es posible que cuando viajas, en los primeros días te cuesta reconocer el cuarto del hotel, hotelucho, motel, posada, hostal o callejón -según sea el caso- donde despiertas. Bueno, el caso es que últimamente he podido gozar de ese privilegio sin tanta necesidad de unas chelas, aunque nunca está de más prevenir. Mi gran casa, México, apenas y me he paseado por la salida sur, pero no he cruzado la valla al patio del vecino. Pronto.

Justo ahora me encuentro en el lugar que casi todos entendemos como casa, el espacio donde está la mayoría de la familia y amigos. Para algunos ese lugar es el mismo donde nacimos y crecimos. Donde conocí a la de lentes de pasta -2 veces- y toqué en bares con aquellos locos desquiciados, donde le lloré en el hombro a la que tiene ojos de canica y descubrí que no me gustan las oficinas, el mismito lugar donde embrujé a quienes llegaron a casa y decidieron quedarse a vivir en Veracruz para ver el amanecer. Donde aprendí a danzar lo suficiente para salir sin miedo de casa, pues conmigo estaba el fuego. Donde mil cosas más… Por poco, pero he vuelto. Y en los días que estaré por acá, quiero hablar con, para y del corazón, para poder percibir el reflejo de mis palabras. Para que aprendamos juntos, y si hace falta, construyamos un hogar de espejos.

La foto de allá arriba de la colección privada -ay no mames, ajá-  ha sido vista sólo por algunas personas. Hoy la comparto a todos, pues aún cuando sé que Venezuela nos ofrece la oportunidad de concluir el trabajo y mostrarlo completo después… Simplemente tengo ganas de que hoy Karlita, con los ojos cerrados y el corazón en la mano, nos recuerde lo necesario.

Unas cuadras antes de llegar al CIDECI vi el primer corazón envuelto en un pasamontañas, y lo seguí. Con ningún otro cañón que el de su palabra, caminaban en silencio, tantos corazones organizados… Uno más, y otro, y otros tantos, hasta que dejé de verlos, pues ya estaba dentro. Caminamos -iba con el Wolf- un buen rato rodeados de esos corazones sin rostro visible y jamás se acabaron.

Regresamos a la cabeza y un poco después empezamos a avanzar, al doblar en una esquina logré ver la marcha en la siguiente calle, la serpiente había alcanzado su cola para convertirse en caracol, y el caracol sonó. Era un día donde los clarines de guerra guardaban silencio y los caracoles de paz nos abrían las costillas y hacían temblar la tierra de nuestros corazones.

Los abuelos tomaron acuerdos para decidir los siguientes pasos, con mirada fiera y una voz que sólo lograban escuchar ellos. La marcha siguió a paso lento y firme. El caracol resonaba de un momento a otro y no tardamos en llegar a la calle principal que nos permitiría entrar al centro San Cristobal. Los carros daban vuelta para buscar otra ruta, y se quedaban maravillados al ver tanta gente.

Cuando entramos a la ciudad el silencio era abrumador. La gente por las calles se detenía y observaba, algunos con miedo, otros con curiosidad y otros tantos con respeto, pero todos en completo silencio. La plaza central se llenó, y el parque de al lado, y el otro parque también, y las 4 calles que rodeaban la plaza, y 2 laterales de los parques… Eran miles y miles de corazones con la mirada clara, reflejando lo que decía cada uno de los carteles: “Estamos hasta la madre”

Esperamos y escuchamos… La sangre no se limpia con más sangre. Y marcharon de vuelta. Se organizaron para partir en bloques y con el mismo silencio con el que llegaron, se fueron. La ciudad se había llenado de tótems, de gente brillante y brillosa. Corazones congruentes en cuya lengua florece la verdad. Marcharon ante nosotros personas ejemplares, jamás perfectas, pero siempre verdaderas.Abriéndose paso entre los coches… Compermisito, compermisito, disculpen las molestias, esto es una revolución.

El camión en el que iba Karen tardó una eternidad -así pareció- en lograr emprender su viaje. La despedida nos tomó por sorpresa, fue tajante, casi imprevista… aunque eso resulta imposible, así fue. Y lo último que vi de ella fue su mano agitándose tras el oscuro vidrio del autobús.

Apenas salí de la terminal de autobuses, me dirigí a una pequeña agencia de transportes turísticos donde tenía una cita con Don Rigo para explicarle mi proyecto y ver si podía conseguir que me llevara gratis a Bonampak, Lacanjá y Yaxchilán. Después de un rato esperando, pase a su oficina. Hablé con él no más de 10 minutos y aceptó trasladarme gratis aunque yo debía cubrir mi comida y entradas. Acepté encantado y me fui a casa de May y los Rolys a dormir pues la cita con Don Rigo era a las 6 am enfrente de su negocio. Puse el despertador a las 5 de la mañana. Me desperté a las 6:15.

Bonampak, paladar de mariposa.

No sé qué pasó. Pero no tuve opción más que aceptar que por algo pasan las cosas y emprendí el camino a Bonampak por mi cuenta. En la calle me dijeron que lo más cercano a Bonampak era San Javier y que una vez ahí era fácil llegar a la Z.A, así que me subí a la combi y casi 3 horas más tarde estaba en el camino que llevaba a la primer ciudad perdida entre la selva. Pasó una camioneta y pedí aventón, cuando paró y le pregunté si me podría llevar a Bonampak me dijo: “Claro, son 70 pesos”. Le agradecí y menté la madre internamente, a lo que me dijo: “Son como 15 kilómetros”. Repetí la respuesta pues siempre dirán eso para sacarte una lana, obviamente, no le creí. Después de caminar 1 hora y no ver señalamiento alguno, le creí. Llegué a un lugar que podría ser como un pre-Bonampak, donde terminaron por cobrarme los 70 pesos por llevarme hasta la entrada, unos 9 kilómetros más allá. Eso sí, garantizaba ida y vuelta, así que no me incomodó tanto. Entré a la ciudad sonriente y al ver una enorme ceiba que protegía la entrada, me acerqué a ella y sembré en sus raíces un grano de maíz.

Unos metros más adelante la ciudad se abría ante mí. ¿Qué puedo decir de Bonampak? Un libro abierto, a todo color. Con sus zonas prohibidas al público en general, del cual no me siento incluido -por lo cual pude accesar, jaja-, y para los que somos lentos de entendimiento, siempre habrá un compadre trepa ramas que te recuerda que hay monos que rugen como jaguar, y por tanto, aún en semejante ciudad con tanto conocimiento, los jaguares deben saber reír. Esta fue la primera ciudad donde pude darme un espacio-tiempo para mí solito, me senté en uno de los recintos de la cima, y con toda la paciencia del mundo, entoné el vargan que me regaló la shamana. Cuando sentí mi paladar ligero como mariposa, partí, y al hacerlo me acompañó una mariposa negra, pequeñita y juguetona que no dejó de revolotear a mi alrededor hasta que crucé aquella ceiba que dijo: “te esperamos de vuelta”.

Lacanjá y la muerte del romanticismo.

Al regresar al pre-Bonampak me encontré con un grupo de 4 viajeros quienes se ofrecieron en llevarme a los campamentos lacandonas -que forman la llamada Lacanjá- en su camioneta. No dudé un segundo en aceptar y tras un poco de plática, bajé de la camioneta en medio de la selva y frente a una cascada donde ellos iban a bañarse, me indicaron el camino a seguir, y lo seguí. Un rato más tarde encontré un lugar dónde quedarme y por fin descansé un rato. Lavé mis ropas y las puse a secar en un lazo, y enseguida, emprendí mi camino hacia el lugar donde decían, había teléfono e internet. Ambos servicios eran malísimos, pero era increíble que existieran ahí. Después de la llamada pertinente, iba de regreso a la cama cuando vi un letrero que me fue imposible pasar por alto: “Cascadas de las Golondrinas -> Caminata en la selva”.

Cambié de rumbo enseguida y me perdí en la selva el resto de la tarde. Solo y en silencio, a excepción del sonido de las cigarras, lograba recuperar mis pensamientos a veces con un crujir de las hojas y otras tantas con el agua de una pequeña cascada o un próximo riachuelo a cruzar. El paseo fue maravilloso y salí de la selva cuando el sol se empezaba a volver rojo y los árboles se convertían en bestias danzantes, cuyas ramas volaban cual tucanes y sus raíces serpenteaban en el suelo. Era hora justa para volver a “casa”.

Al estar a poco menos de un kilómetro del campamento escuché algo que me aterrorizó aún más que el jaguar que aluciné a media selva. Era una banda de música popular entonando cantos sobre lo sagrado del nombre Jesucristo y lo miserable de nuestra pecadora vida. Y por supuesto, tras recorrer ese kilómetro, comprobé que la fiesta de fanáticos parte 2, era una vez más, a escasos metros de mi cama. Ya no tengo más que decir sobre este tema, pero si sigo así, voy a regresar a predicarles la santa palabra a todos ustedes, pinches pecadores.

Descansé bastante bien en el campamento… ¿Dónde murió el romanticismo? Murió al ver a un niño lacandón embobado con una película de acción gringa online, revivió y volvió a morir al ver a un hombre mayor empinándose una Coca-Cola, al escuchar a Don Miguel -un guía de la selva- hablar de esa forma del dinero y de jamás hacer algo gratis, y murió para siempre al ver a todas esas nenas -que lucían hermosas al haber cambiado su atuendo de algodón blanco por telas coloridas y llenas de flores- entonando canciones que hablaban de un dios que exige fanatismo, con las manos alzadas y lágrimas en los ojos. Amaneciendo, partí hacia Yaxchilán.

Yaxchilán, la raíz a flor de piel.

No es común que la gente viaje al amanecer y aún con todo el romanticidiodel día anterior, lo olvidé. Cuando los 4 viajeros me dieron el aventón no pensé que me hubiesen adelantado unos 8 kilómetros, a los que había que sumarle el otro par que caminé hasta llegar a mi campamento, así que mi día comenzó con una buena caminata que terminó 2 horas después cuando alguien me dio un aventón hasta el entronque de carreteras en el cual podría tomar un camión hacia Frontera Corozal y de ahí, un bote hacia Yaxchilán. Llegué al embarcadero pasadas las 9:30 am, y una media hora y 4 empanadas más tarde, llegó un grupo de turistas en las camionetas de una transportadora de Palenque, me adelanté a hablar con el lanchero que alistaba su bote y nos arreglamos con un Nezahualcoyotl para que pudiese viajar como parte del grupo. Para llegar a la ciudad que con más ansias esperaba conocer hay que viajar una hora por el río Usumacinta. Seré sincero: no recuerdo la ida, pues me dormí todo el camino. Pero desperté segundos antes de que el bote se detuviera y distinguí la forma en la que las rocas son apiladas entre los matorrales de la selva. Rechacé el servicio de guía y decidí aprovechar las escasas 2 horas que se me daban para recorrer el lugar.

Peiné el lugar como chango ebrio enfiestado, ya que sólo me faltaba carcajearme mientras abrazaba una ceiba gigantesca, pero neta: gigantesca, la cual me dejó tan impactado que no hay foto de ella, pues olvidé tomarle una. Me encantan los letreros que encuentro en mi viaje, este decía “PELIGRO, no pasar. Laberinto oscuro. Murciélagos”, saqué mi lámpara y recorrí las diversas cámaras que tenía esa construcción, pocas veces he sentido el caminar sobre huellas de mis abuelos… Esa fue una. El par de horas que tenía permitidas, se me pasaron volando, pero ocupé el viaje de regreso para recordar los detalles de lo que vi y sentí en cada una de esas piedras inmersas entre la selva. Y estando más despierto que en el viaje de ida, pude observar todos esos árboles con la raíz expuesta en ambos lados, el de Guatemala y el de México. ¡Ay! las ironías de la vida, árboles con tantos secretos dentro, y la raíz a flor de piel.

Las fotos aquí

Ahora sí quedó un buen espacio entre un post y el otro, y eso no es todo, lo mejor es que pasaron muchas cosas entre aquél día y hoy. ¿Dónde me quedé la última vez?… Las lagunas de Montebello.

Tras despedirnos en la cena de Rodrigo y Ayumi -ojalá todo vaya genial para ustedes en su nueva vida- Karen y yo nos fuimos a dormir, pues el plan era salir temprano al día siguiente hacia Ocosingo, que nos conectaría con las cascadas de Agua Azul, Misol Ha, y llegaríamos a dormir a Palenque a casa de un par de amigos de un amigo.

Tonina, la casa de piedra.

De SanCris a Ocosingo suponen ser un par de horas de camino en la combi… ¡Sorpresa! Un retén nos retrasó otro par de horas, así que llegamos a Ocosingo casi al medio día. Apenas entrabamos a Ocosingo vi el letrero “Tonina ->”, y los planes cambiaron. Ya estabamos ahí, había que aprovechar. Dejamos las maletas encargadas en una cocina económica y nos dirigimos hacia Tonina, y eso si que fue una sorpresa. Todo mundo habla sobre Palenque, y algunos otros sobre Bonampak y Yaxchilan, pero Tonina se convirtió en mi favorito. Cuando llegamos, el guardia nos informó que ya no había boletos y apenas iba yo a reclamar cuando dijo: “Así que pueden pasar gratis”. Desde ahí ya llevaba puntos extras Tonina.

El museo de la entrada está muy bien cuidado, chiquito, pero bien cuidado y con buenas piezas. Una vez recorrido el museo caminas más o menos un kilómetro entre potreros para accesar a la “zona arqueológica”. Minutos antes de accesar puedes ver a un costado del camino algunas edificaciones asomándose entre la selva. El recorrido estuvo genial, incluyó un montón de caracolitos viejos que encontramos en el suelo. Karen tuvo que descansar por momentos bajo algún árbol pues tenía fiebre, pero fuera de eso, todo marchó bien. Las fotos lo describirán mejor.

Agua Azul, serpientes de agua y no.

Disfrutamos tanto Tonina, que para cuando llegamos a Agua Azul ya era bastante tarde. Primera buena señal, no más reténes y entramos a Agua Azul sin pagar, bendito nuestro cuate del Tsuru blanco que aprovechó que la entrada estaba atiborrada y pasó por un lado. Conseguimos una posada barata y nos fuimos a asomar a las cascadas, aún cuando ya era tarde y estaba lleno de gente, se veían poca madre. Cuando la tierra se tragó al sol, nos chingamos un pollito -no es albúr, neta nos comimos un pollo- asado y nos fuimos a dormir. Bueno, ese era el plan, pero hubo otra sorpresita. En la posada donde nos quedamos, a 5 metros de nuestro cuarto, había un pequeño cuarto al que no prestamos atención cuando llegamos… ¡Sorpresa! Era una iglesia de esas de gente rara fanática que grita y llora y seguramente se pega en su casa por ser un pecador. Yo no discrimino religiones, pero estar girtando 4 horas seguidas que no merecen vivir, que Dios debe castigarlos y que el santo sagrado señor patrono de su vida debería aniquilarlos pues se portan peor que animales, eso no es religión, eso es… Otra cosa. En fin, nos dormimos con todo y el ventilador de 3 vueltas por minuto.

Nos levantamos temprano para conocer las cascadas sin que estuviese atiborrado de gente… A las 7:00 am, ya había unos weyes bañándose. Aún cuando el plan no funcionó del todo, caminamos tomando fotos de las cascadas hasta llegar a la zona prohibida -que trasgredimos- y encontrar un arbolote donde nos tomamos unas fotos -no, no encuerados- arriba de él. 

Al regresar, Karen se emocionó cuando vio una cosa roja y brillante en el piso, y tras intentar agarrarla -jajaja- ¡se movió! pues era una serpiente coralillo -falsa, creo- a la que logré sacarle un par de fotos. Debo aclarar algo: tras este incidente Karen no volvió a ser la misma, gritó al ser tocada por ramas, hojas, el viento, etc. De aquí en adelante fueron las vacaciones más nerviosas de su vida.

Misol Ha, y los fósiles prohibidos.

Decidimos desayunar en las cascadas -empanadas de 4×10 pesos, riquísimas- antes de partir hacia Misol Ha. Llegar a la siguiente cascada estuvo libre de contratiempos, a excepción de tener que caminar unos 2 kilómetros cargando todas las maletas. Misol Ha no es de un azul brillante como Agua Azul, ni tampoco es gigantesca, ni nada “especial”, pero tiene un no sé qué, que qué sé yo. Creo que su magia reside en la gruta de donde surge el agua y que, por 10 varitos, te dejan visitar. Yo iba con la intención de entrar, maravillarme y salirme, pero no fue así. Unos 20 metros antes de llegar a la gruta había un letrero “Prohibio saquear fósiles”… Entonces dije – Ni madres, me voy hasta conseguir un fósil – así que cuando el guía se distrajo yo me hice pendejo por un lado de la gruta, fingí tomar fotos con la cámara de Karen mientras iluminaba el suelo con una lámpara en la boca, hasta que lo vi. Ahí estaba el cabrón, un fósil chiquito pero coqueto de una conchita petrificada, garrita de jaguar y ya lo tenía en la bolsa. Sí, Misol Ha estuvo muy coqueto, aún cuando tuvimos que caminar de nuevo los 2 kilómetros a la salida.

Palenque, la selva ardiente.

Tomamos una combi que nos llevó a la ciudad de Palenque -no la zona arqueológica- y llegamos a eso de las 4 de la tarde. Al llegar le marcamos a Roldan, amigo de mi amigo Rafa -loco fotógrafo a quien conocí en el DF-, para saber si podíamos dejar las maletas en su casa antes de ir a visitar la Z.A -sí, zona arqueológica-. Resultó que sí y tomamos un taxi a la dirección que nos dio. Roly -como terminé diciéndole a pesar de lo maricón que podría sonar yo- es a toda madre, músico alegre y alivianado que de volada nos indujo al vicio de la drogacola bajo el solazo húmedo de Palenque. Debido a esto -tomar coca- no sé si el salpullido que me salió en pecho, espalda y frente fue por el calor o por las pinches aguas negras del imperialismo yanki… En fin, no teníamos mucho de haber entrado a casa cuando llegó May, quien no es músico pero también es a toda madre y bien alivianada, entonces, juntos, nos presentaron a “El Enano”, alias “mini Roly”, “Estaban” o “Kiko”, quien es un bebé, aún no sabemos si es músico… PERO, sí, también es a toda madre, y la verdad es que de los 5 era el más coherente. Tras informarnos que la Z.A la cerraban a las 5 de la tarde, decidimos afilar el diente en la mesa. En lo personal, me ensañé con unos camarones al mojo de ajo que había preparado May, que estaban de N.M -sí, de no·mames- y casi me los acabo. El postre fue unos hielitos de yogurth de fresa hecho en casa, que también estaban de N.M y que, gracias a la enfermedad de garganta de Karen, me pude chingar dos. Después se armó el ir por unas kawasakis, dijera mi amigo el Wolf, salieron las alitas de pollo al carbón, y los plátanos macho a las brasas con lecherita -con chela saben rebuenos-, y ya así, lleno y contento, pude dormir con el pinche calor de Palenque.

Al otro día salimos temprano hacia la Z.A… La verdad es que: Palenque me decepcionó. No sé si fue que debe haber estado repleto una semana antes de que fuéramos, no sé si fue que aún cuando las vacaciones terminaban había muchas personas turisteando en el sitio, no sé qué fue, pero “sentí que no sentí nada”. Palenque fue para mí un lugar apagado, abandonado, ruinoso. No digo más, estéticamente es bonito, es sólo que pensé toparme de frente con una impresión distinta de un lugar tan importante como éste.

La despedida.

Regresamos bastante agotados a casa de May y los Rolys, dormimos un rato antes de comer y de pronto ya era casi hora de partir hacia el ADO, pues Karen tomaba su camión a las 8:00 pm…. Hoy dejaré este post aquí, pues no quiero hacerlo más tedioso. Aún falta contarles sobre Bonampak, el campamento lacandón, mi paseo por la selva y las cascadas golondrinas y Yaxchilan… Prometo que continuará.

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