Ayer fue un día tan ajetreado y cansado que se me hace el momento perfecto para contarles sobre la foto que ven ahí arriba. En fin, primero: el día. Ayer Jueves el venadito de la lluvia y yo fuimos a San Juan Chamula y Zinacantan. En Chamulita logramos entrar a la iglesia y presenciar algo magnífico… Obviamente como las cosas realmente valiosas de esta vida: no hay foto de ello, pues estaba más que prohibido tomar fotos ahí dentro, incluso el entrar con la cámara colgando me hizo ganarme unas 400 miradas amenazadoras. Apenas se entraba a la iglesia -bastante oscura- el olor a copal y hierbas te inundaba por completo, lo cual de inicio, no es un olor común dentro de la iglesia. Cinco metros más adentro, había unas diez señoras de cada lado, rezando frente a su sahumerio. Niñas vestidas de vírgenes con flores rojas-rosas en la cabeza intentaban pasar entre la multitud de gente que se amontonaba para pedir un ramito de hierbas y flores del gran, gran, GRAN montón que había en el centro de la iglesia y todos los que hacían fila para beber un vaso con agua de manzanilla y pétalos de rosa blanca. Casi todos los varones chamulas visten una camisa de lana blanca o negra, excepto los “médicos”, quienes vestían todo de blanco con algunos detalles -calcetas, cinto y borlas- rojos. Estos últimos se encargaban de entregar los vasos con agua y de repartir los ramos. Tardamos casi media hora en recorrer 30 metros dentro de la iglesia, y tuvimos la fortuna de probar esa agua por la que hacían filas interminables. Sólo puedo terminar con que al salir de ese lugar yo me sentía extasiado, alucinado, aturdido. Creo que ahí dentro danzamos sin darnos cuenta de ello.

Zinacantán nos recibió en forma de una niña pequeña: María. No teníamos ni 50 pasos en el pueblo cuando se nos acercó… Morenita, chaparrita, con unos ojazos brillantes y la sonrisa bien sincera. En segundos, nos invitó a su casa a ver el trabajo de su familia, una técnica mercadotécnica, sí, pero en casa fue genial ver a su hermanita Catalina trabajar el telar de cintura y a su madre cocinarnos unas tortillas deliciosas que acompañamos con tomatito y queso. En la iglesia de Zinacantán vimos un par de cosas interesantes: un juego entre los varones en el que intentaban hacer sonar por más tiempo una herradura adherida a un madero que giraban con la muñeca, sí, ya sé, una foto hubiese explicado mejor, pero ¡no hay!… ¡Ni que fuese fotógrafo con la cámara pegada a mí todo el tiempo!

Al regresar a SanCris nos agarró un aguacero-granizada que nos obligó a quedarnos en el mercado un rato, hasta que nos desesperamos, me descalcé y cargaba a la flaca en cada cruce para que “no se mojara”, creemos que era más por diversión que por evitar empaparnos, pues terminamos muertos de risa y empapados. Tras regresar a casa y descansar un rato, salimos a trabajar con el sahumerio a la plaza, bastante pesado. Y al regresar, Josué tuvo que partir… ¡Fuerza, hermano!

Ahora sí: la foto de allá arriba. Ese sobre con esas dos notitas llegó a mí con Karen. Tanto el sobre como las notas están llenas de cariño y buenos deseos. Están escritas por los alumnos de Miss Karen. Dentro del sobre incluyeron la muestra de su apoyo recaudada en una semana. ¿Por qué digo que es un momento perfecto para esa foto? Por que ayer fue un día pesado con una noche y madrugadas peores… Y esas cartas, dice Karen, le hicieron ver la importancia de un viaje como este para las personas ajenas a mí. Ese trabajo a cumplir es lo que me permite seguir adelante… No importa si tengo que soñar de nuevo que sahumo a 400 más.

Perla, David, Blanca, Olivia, Analí, Alexa, Valeria, Paola, Fani y Daniela… ¡Gracias!