Dejamos Catemaco al amanecer. Era la primera vez que iba a rodar a la Mandarina en un trayecto largo. Alforjas, casa de campaña, maleta frontal y yo encima, con una maleta en la espalda; pensé que las llantas explotarían. Pero no, las llantas jamás explotaron, jamás falló en todo ese trayecto que imaginábamos de otra forma. Bendita magia del lugar, seguro apoyó. Nadie nos dijo que los primeros 30 km de Catemaco a Acayucan era una pendiente interminable que apenas nos daba 200 metros de esperanza en plano antes de volver a subir. No fue lo que pensamos, sin duda, pero el corazón que lleva pegado la Mandarina jamás dejó de latir. El sol hacía de las suyas poco después del medio día, y paramos. Doña Elvia, una amabilísima señora en Covarrubias nos alimentó muy bien antes de partir, con sendas tortillotas de las cuales me comí 4 y un platote de carne ahumada, el cual casi se acaba Josué. Llegamos hasta Acayucan como pudimos, ¡pero llegamos! Un buen descanso gracias a una buena amiga.

Después de eso, todo pasó muy rápido, el “viajar sin planes” se hizo evidente y tras despedirnos por unos días, Tay y Val se dirigieron a Villahermosa mientras que Josué y yo nos dirigimos hacia Chiapas. Y aquí estamos, tras el motel más barato que encontramos en Tuxtla Gutiérrez, hoy dormiremos en San Cristobal de las Casas, en un lugar maravilloso del cual les contaré mañana. Sé que nos esperan caminos aún más difíciles que este así que, si a alguien le interesa… Cambio bici por escoba, jajaja.

¡Gracias Pily, a ti y a tu familia!