Fui puntual en el D.F, así de emocionado estaba. Llegué a las 4 de la tarde -casi- en punto. A Mario, el dueño de la tienda, lo “conocía” vía mail y por un par de llamadas telefónicas…

Todo empezó por no saber qué bicicleta comprar. Tay y Val me confundieron entre dos mails y terminé enviando un correo a Mario Peraza, quien resultó ser distribuidor de Dahon en México. Había visitado la página de las bicicletas japonesas apenas esa mañana y, siendo realistas con los costos, yo me había enamorado de la Speed D7, una chaparrita plegable pensada para la ciudad pero con la capacidad comprobada de biciletas similares -las de Tay y Val- de resolverle la vida a un viajero. Apenas había pasado una media hora tras enviar el mail cuando recibí respuesta; no era muy extensa, pero yo sólo leí “yo te doy la bicicleta”… ¡Y listo! Cuatro días después yo estaba en la capital del país en la entrada de “A la Montaña”.

Yo no sabía qué clase de tienda esperar. Un gran almacén de bicicletas se me hacía la idea más lógica, pero como casi siempre que se usa la lógica, no era así. La tienda es pequeña, lo cual no fue decepcionante sino todo lo contrario. No estamos hablando de una gran empresa que declara cantidades con muchos ceros, estamos hablando del negocio de un hombre como cualquier otro que confío en lo que lo apasionaba para ganarse la vida. Ese era Mario, tan relajado que pareciera no vivir en la capital, tras saludar, me pasó a su  despacho, platicamos sobre las expectativas del viaje, un poco de papeleo, bromeamos sobre el dolor de… cuerpo que iba a sufrir al andar en bicicleta tanto tiempo, etc. Apenas me descuidé un segundo, salió, y desde afuera dijo entre risas “nuevecita de agencia” y al salir, tenía ante mí una bicicleta radiante y naranja, con su maleta frontal y la bolsa para viaje. Otra compañera, que de una manera distinta a mi cámara contará esta historia llena de historias. Mi Dahon Speed D7, la “Mandarina”.

Me hice de algunas cosas en la tienda y Mario se despidió pues tenía que salir. Y ahí me quedé yo en la tiendita, meditando que esta bicicleta no viene sin esfuerzo, no es una rayita menos al tigre; esta bicicleta es muestra de que aún podemos entendernos con pocas palabras por el simple hecho de sentir que la otra persona es verdadera, de confiar plenamente y de compartir sueños. Me quedo con la idea de que Mario me entregó esa bicicleta de corazón por el hecho de haber encontrado lo mismo en alguna de las líneas de “Latitudes y Latidos”. Corazón.

Muchas gracias, Mario.

Te prometo que la Mandarina regresará muy tatuada, loca y delirante, pero llegará para contar la historia de este viaje.

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